Cómo una rusa se copó mal en Argentina
Valeria Ptítsyna (asesora cultural de la Casa Rusa en Buenos Aires; escritora y divulgadora de la cultura argentina desde una mirada extranjera; radicada en el país desde octubre de 2022; combina en sus textos y redes la pasión por el fútbol, los viajes al interior y las anécdotas cotidianas que conforman su descubrimiento de la argentinidad; activa en Instagram como @recontravaleria, donde comparte reflexiones, crónicas y fragmentos de su próximo libro).

La Argentina.
Arca de Nóe formada por quienes embarcaron con esperanza y por quienes nacieron de un abrazo incondicional.
Arco donde, el que viene de visitante, no ataja: cae flechado por los goles que marca este país.
Mi historia en esos pagos (y pogos) comenzó en el mejor momento: llegué unas semanas antes de que arranque el Mundial en Qatar. Vine por trabajo, formal y serio, pero después de la oficina pisaba calle y parecía pisar cancha: los troncos de árboles albicelestes, reportajes 24/7 sobre el estado físico de Messi en los carteles donde suele haber comerciales o avisos de “ajustarse el cinturón”. La energía de los argentinos cantando alcanzaría para hacer hervir la Vía Láctea y juntar a todas las órbitas de planetas en una ronda que salta. Los días del partido son una fiesta donde cada uno es el cumpleañero.
Recuerdo a un argentino en especial en la remera de la selección que estaba en la calle solo, sufriendo, balanceándose de un lado a otro mientras escuchaba la transmisión debajo de una ventana. Le pregunté por qué no estaba mirando el partido. Me explicó que las veces anteriores la Selección metía goles justo cuando él se daba vuelta o se iba un minuto, así que tomó la firme decisión de seguir ayudando a los futbolistas… sacrificando todo el disfrute de mirar. Fue el día que anoté en mi diccionario las primeras palabras puramente locales “manija” y “cábala”.
¿Qué se necesita para ser argentino? No lo sé. ¿Qué se necesita para sentirse argentino? Tener curiosidad y polenta para poder seguir el ritmo que te marcan. Sacrificar la vida tranquila. Si te gustan los duraznos, aguantate el Pelusa. En el momento cuando los argentinos eligieron creer, yo elegí subirme a la Scaloneta.
La Copa Mundial.
La final la vi en la Plaza Italia con los brasileños a quienes encontré perdidos buscando la pantalla. Vinieron a Buenos Aires para compartir la alegría de argentinos: “Vamos, que la Sudamérica tiene que ganar”. En mi tiempo en Argentina tomé sin querer muchas clases de bardear y reaccionar con expresiones bien cancheras. Sin embargo, no por eso iba a dejar de bancar la idea de que hay una enorme complicidad entre los hinchas en el mundo que supera la pica ocasional entre países y pueblos.
Donde manda el arte y el espíritu no manda el físico, las estadísticas. Si bien el fútbol nació en Inglaterra, crearon el cuerpo de este deporte, fueron los argentinos quienes le pusieron el alma dentro. Flores dentro del florero. Por eso aquel día todos fuimos proargentos, esperando el merecido homenaje a los portadores de una pasión, sabiendo también que en caso del triunfo todos estaremos incluidos en el festejo.
Y así fue: la experiencia más increíble que me costó 80 pesos – eso pagué con Sube por el viaje en colectivo 8 hasta Ezeiza, donde cerca del predio AFA se esperaba que venga la selección. Todavía estuve muy modo ruso – con un outfit lindo, tacones, acostumbrada a ese recibimiento que suele haber para saludar a los deportistas dentro del aeropuerto de manera elegante. Traje pelota para el autógrafo de Julián. La realidad pasó el trapo a las expectativas: gauchos domando sus caballos (con la tusa rubia como si fueran mis compatriotas), autos con tres estrellas recién pintadas en el capote, una réplica de la Copa hecha por el sindicato de metalúrgicos que pesaba como 170 kilos, familias representadas por cuatro generaciones que vinieron desde todas las provincias, más de 6 horas de canciones ininterrumpidas. El primer vaso del Fernet comunitario, el himno tocado en la armónica “para Valeria de Rusia” y mucho más. Un espectáculo que duró hasta las cuatro y media de la mañana. Me faltó pensar cómo iba a volver. Muchos argentinos habían alquilado algo cerca del aeropuerto, otros llevaron colchones para dormir ahí mismo, otros estaban listos para caminar lo que haría falta. Tenían feriado el martes; yo, en cambio, trabajaba. La única alternativa más o menos viable era pedirle a un policía que me detuviera y me llevara a una comisaría cerca de mi casa. Pero incluso eso salió distinto: por primera vez en mi vida, terminé viajando en moto.
Una vez acabado el Mundial, el mundo parecía haber caído en el silencio. Y ni siquiera en el Silencio de Los Tipitos. Me propuse encontrar el espacio cuyo ruido va a llenar mis días mientras atravieso una preocupante distancia con mi Patria, mi familia y amistades – todas se quedaron en Rusia. Llegué a Argentina sin conocer a nadie pero encontré el lugar donde me aceptaron y todo fue un amor a primer paso. Ni siquiera paso a paso. Pasazo a pasazo.
Pisé el Cilindro en febrero de 2023. Entré con el carnet del sobrino de mi amigo. “Qué gritan? Vamos a caer? Qué atrevidos! Qué comprometidos con la pasión! Me encanta”, pensé yo, sin distinguir todavía que en realidad era “Vamos Acadé” pero tampoco pifié tanto en interpretar cómo es esa hinchada.
Debo reconocer que tenía predisposición genética para la enfermedad futbolera. Mis padres se conocieron en el tranvía: una joven en minifalda que se pasaba su parada por estar metida en la lectura del diario “Sovetskiy Sport” (“Deporte soviético) flechó a mi papá incluso a pesar de que eran hinchas de clubes diferentes. Luego, después de casada y embarazada, mi mamá estuvo viendo un partido de su club cuando le agarró el parto. Nací yo, pero entre el parto y el partido a mi creadora evidentemente preocupaba más lo segundo: ¿no preguntó “nena o varón? cómo está el bebé?” sino “cómo salió el partido?”. Me dieron el nombre Valeria, poco común para Rusia, porque así de llamaba la esposa del Gladiador Espártaco que inspiró el nombre del “Spartak” de Moscú. En Rusia yo acompañaba a mi papá a la cancha, tanto en los partidos de fútbol como de hockey sobre hielo. En 2017 cuando volvimos a ser campeones después de una larga pausa, la hinchada, con nosotros incluidos, se bajó y copó todo el campo de juego: se saltó sobre los palos de ambos arcos, se cortaban pedacitos de red para llevarlos como recuerdo material del momento de locura colectiva.
Pero con Racing siempre va a haber un vínculo especial, porque esta pasión no la heredé, sino que la elegí. Y eso que a las Libras nos cuesta una banda tomar las elecciones. La mayoría de los partidos académicos los vi en la cancha sola, era como que algo entre nos, de cara a cara. Llegó a ser algo muy personal y profundo, una identidad que esperó su momento en mi vida para venir con todo.

Fui también al Monumental al Superclásico, realicé mi fantasía de comer los bombones en la Bombonera. Pero no se dio la misma magia que con Racing. El corazón es así – más allá de la lógica y la razón te quedas con quien te enamora, te genera pertenencia y admiración. Todavía no supero lo lindo que es la historia de resistencia académica contra la quiebra del Club, lo loco lindo que es Gustavo Costas y tantas cosas más.
Igual, a diferencia del panorama futbolero ruso, donde otros clubes grandes son enemigos a muerte, aquí me cuesta odiar posta a otras hinchadas porque también son argentinos, campeones del mundo, que aman el fulbo con todo el ser.
La Copa América.
En 2024 después de recuperarme de una enfermedad menos feliz – la gripe, acudí a la invitación de la Iglesia Maradoniana y conocí La Paternal. Trajeron desde Rosario una iglesia de cartón con la pelota en el centro de la campana. ¿Había “-Puedo sacarme una foto con la túnica?” “- ¡Sí, rusa!” “Y qué se necesita para llegar a ser sacerdote de la Iglesia maradoniana?” “Amar a Maradona!” “¡Me muero, es la Iglesia más cercana del mundo!”
En julio estuve de vacaciones en Chile y captaba las miradas especiales en los bares deportivos cuando jugaba Argentina. La Final la viví ya en Buenos Aires. En mi calidad de racinguista, sentía bronca que no dejaban entrar a Lautaro. Una vez aparecido el Toro cumplió y trajo victoria a la Scaloneta. “Vamos al Obelisco, ¿verdad?” Mis seis amigos argentinos intercambiaron las miradas. A todos nos tocaba trabajar mañana, y al mismo tiempo en aquella noche con 6 grados bajo cero se batía el récord de temperatura – a más fría de los últimos 105 años. Fui sólo yo, una rusa en representación del grupo, y premiada con otros videos que pude grabar en la 9 de Julio que palpitaba otra fiesta nacional.
La Sudamericana.
La situación comenzó a ser verdaderamente alarmante cuando entendí que me pinta viajar a otros países ya no por razones ajenas sino para apoyar al equipo argentino. Salí de la oficina el viernes a la noche y el sábado temprano ya compartía el vuelo con otros académicos. Lo único: mi mente rusa no podía aceptar eso de “acá no importa el resultado”. ¡¿Cómo que no importa?!
Allí en Paraguay conocí la gente de las filiales. Ese federalismo hermoso de Racing: una vez en la selva del Chaco buscando serpientes encontré el cartel de madera que decía “Academia” y el escudito pintad a mano. Sentí como la comunidad académica me conecta con mis valores: el “no desanimarse”, la fidelidad, la hermandad con los desconocidos porque de por sí los humanos somos hermanos, por un montón de cosas que atravesamos a nivel nacional y personal. ¡Cuando nuestro Yuri Gagarin regresó del cosmos, los periódicos gritaron “la humanidad dio un paso al espacio”! Siempre me ayudó tener esta mentalidad, y después de primeros meses de mi adaptación en Argentina, cuando resaltaban más las diferencias culturales, luego comencé a descubrir cuánto tenemos en común.
¿Ahora cruzando a los paraguayos y elogiando La Asunción, me preguntan curiosos “Qué pudiste ver?” “-La Nueva Olla y una banda de argentinos felices!”
Unos días después me hicieron nota sobre el viaje, y ahí mi pasión se visibilizó. Entre otras anécdotas contaba sobre mi primera visita al Cilindro con el carnet del sobrino de mi amigo. Al día siguiente conmigo se contactó el Departamento de Socios de Racing: “Valeria, queremos ayudarte a asociarse.” Tipo, rusa, dejá de ser chanta. A mis colegas y amistades rusas lo narro de otra forma: Paraguay fue la luna de miel con Racing, y mi carnet de socia – el anillo de compromiso.
La Recontracopa.
Mientras yo ya estuve bastante empapada en el entorno y conocía más o menos cómo son los argentinos, llegó el turno de ellos para descubrir cómo son los rusos. ¡Pasionales! Sólo que no tan al descubierto y de entrada. Nuestra esencia está reflejada en el juguete característico – Matrioshka o Mamushka: hay varias capas en medio pero al fin y al cabo, nos entregamos con todo a lo que amamos y a quienes amamos.
Cuando mi papá vino a visitarme de vacaciones, rechacé categóricamente a llevarlo al Cementerio de Recoleta como aconsejan los guías turísticos. ¡Sino a los lugares con la mayor cantidad de energía – las cataratas de Iguazú y la cancha! Mi papá fue a la Camp Nou, Bernabeu, Old Trafford pero fue la cancha argentina que más le impresionó. “¡Recién estuvimos en las Cataratas, pero ya esto quedó opacado! No habrá nada más majestuoso que esto. ¡Mi alma del pibe que desde los 5 años va a la cancha está impactada! ¡Y para colmo ganamos!” Publiqué este Reel en mi cuenta como recuerdo personal, pero al día siguiente amanecí viendo que lo reposteó Olé. ¡Mas de 1 millón 600 mil vistas orgánicas! Comentarios de los hinchas de todos los Clubes, abrazos que nos mandaban los del Rojo, argentinos que se fuero al exterior y al parecer se conectaron con las cosas que más extrañaban de su Patria.


Fue increíble como esta historia con Racing consolidó nuestro lazo de hija-papá a pesar de que somos del otro país. En el momento de la despedida, que pueden imaginar cuánto me costó, me agradeció por esos hermosos partidos y para darme ánimo: “dale, Lerusia (diminutivo cariñoso de “Valeria” en ruso), los amuletos de Racing no lloran!”.
Luego se darán muchos momentos inolvidables en calidad socia: de ir a cada partido a la puerta nueva – conocer todos los tipos de hinchas, ver como los papás enseñan a sus hijos los primeros movimientos de aliento; vivir el primer partido como visitante; acompañar al equipo a otras provincias y países (por fin entendí porque se canta “acá no importa el resultado”). Registrar durante la Libertadores esas frases que consolidan el amor y la pertenecidad: de Maravilla “Me siento muy querido por los hinchas y les quiero agradecer que vinieron a hacer el aguante. Estamos a fin de mes y sé que es difícil pagar las entradas y los gastos para llegar”, y de Martirena que casi se consagra como jugador del Spartak de Moscú “Que pase lo que tenga que pasar. Si me toca irme, Racing va a tener un hincha más”.
La frutilla de la torta – la comunidad que se sumó en las redes al conocerme como la rusa enamorada de Racing. La experiencia única de intercambios, apoyo y aprendizaje mutuos. Tips de cómo marcar goles que me dieron en las redes me ayudaron a marcar el penal en el Cilindro: fue la primera vez en mi vida que puse los botines, pero más de ser deportiva se trata de ser sensible y permitir que el poder del aliento te lleva a cumplir lo que uno se propone.
Tengo dos sueños y desafíos personales para el próximo año: terminar el libro sobre mis experiencias argentas: los recitales de rock nacional, escapadas a otras provincias y obvio los partidos que viví, todo lo que yo dejé. Y también – recorrer a lo máximo las canchas argentinas: de primera, de ascenso, de barrios, recopilando la mística de cada club, reservando el capítulo mayor al Primer Grande. Y presentar a los que viven en otros países, desde lo verbal y audiovisual, cómo respira este país. Lindo y único en su forma de sentir.
En abril me tocó asistir a la vigilia nocturna en Río Grande y al acto con ofrenda floral en Ushuaia. Vi esos ojos de los Combatientes: húmedos, bondadosos, y “no puedo creer”. Me animé a acercarse: “Le entiendo. Al mismo tiempo… Fíjese, cuantas veces se escucha en las tribunas “Por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”. Cuantas veces se hacen homenajes al Diego y al mejor gol de todos los tiempos… ¡Las canciones y historias del fútbol… transcienden!”
Hay quien dice que estoy idealizando a los argentinos – no les doy bola. No creo que sea posible idealizar a quienes te cruzas día a día durante ya más de tres años.
Siento enorme agradecimiento a mi Patria por haberme enseñado a tener el interés genuino para con otras culturas, privado de ver las cosas desde el lugar de competencia o supremacía, y a la Argentina por haberme ayudado a conectar con esta piba interior, Vale llena de travesías y nutrida por la adrenalina de travesaños, a encontrar mi lugar en la tribuna.
Los tiempos que estamos viviendo ahora no sólo como países sino como sociedades, como la humanidad en general, no son fáciles, pero elijo creer que tratando a los desconocidos de entrada como a los amigos podemos avanzar mucho más en nuestras vidas particulares y ya entonces quedará menos distancia a recorrer en las escalas globales.
Deseo que en 2026 la albiceleste consiga la cuarta estrella – y se encienda un nuevo sol de la bandera argentina en el cielo futbolero, capaz de iluminar incluso las noches más largas.


