Lusotropicalismo y fútbol. De la política colonial al fútbol metropolitano del mestiçagem descolonial.
Fabrizio Di Buono (Investigador postdoctoral; sociólogo entre Argentina e Italia; militante de la Asociación Nacional de Partisanos Italianos –ANPI–; dedicado al estudio de movimientos sociales, procesos culturales y dinámicas migratorias; integrante del comité editorial de Eracle, Journal of Sport and Social Sciences; activo en redes a través de su perfil de Facebook “Fabrizio Ya”; contacto: fabredb@gmail.com).

Escribir acerca del fútbol portugués puede aparecer una tentativa para futboleros auto referenciales, que aprovechan la oportunidad para exhibir sus conocimientos, nombrando jugadores del pasado o fenómenos que alguno llegó a conocer. Sin embargo, a nosotros atrae la condición del fútbol portugués entre centro y periferia, entre metrópoli y colonia, es decir el momento en que Portugal y el Benfica principalmente se presentan en las canchas de los grandes escenarios, y de equipos almohadas se transforman en los más temidos, mientras que los blancos lusitanos (o como se podían considerar en ese entonces) de la dictadura fascista de Salazar se descubren hinchas de jugadores como Hilário, Mario Coluna, Vicente y Eusebio, todos jugadores que llegaban de las colonias.
La historia del fútbol portugués permite encontrar varias influencias, contactos que el territorio portugués entretuvo en el curso de su historia colonial. El fútbol por tanto pasa a ser un elemento distintivo y de cambios ambiguos, donde los últimos de las clases serán los héroes de las masas, y los éxitos de esos corren el riesgo de legitimar una forma del poder colonial de Salazar. El fútbol pasa a ser una visión del mundo o un modo para mirar al mundo diferentemente.
Estamos hablando de los años 60: gran parte de Europa veía reflorecer sus economías en la posguerra y abandonaba los regímenes dictatoriales, con unas cuantas excepciones para la Península Ibérica (y Grecia), donde España y Portugal continuaban bajo dos regímenes fascistas, respectivamente el de Franco y el Estado Novo de Salazar. Particularidad portuguesa en el mundo era aún el Imperio colonial que no amagaba a su desmantelamiento, mientras que en esa década empezaban a manifestarse y realizarse las independencias de los países africanos. Al contrario, ese Imperio decadente, con sus colonias principalmente en el continente africano, que se sustentaba sobre una rígida estructura racial de la sociedad, intentaba renovar su política colonial apropiándose de un término y concepto que venía desde otro rincón del viejo Imperio y por la sociología precisamente. Este es el concepto de “lusotropicalismo” basado en la obra del sociólogo brasilero Gilberto Freyre, el cual fue protagonista directo de esta renovación colonial y entró en abierta confrontación intelectual con los intelectuales y lideres de los movimientos de independencia como Baltasar Lopes en Cabo Verde, Mario Pinto de Andrade en Angola y Amilcar Cabral en Guinea Bissau.
Esta historia colonial se cruza con el fútbol. En particular, veremos cómo mientras se desmoronará el Imperio “lustropical”, Portugal alcanzará las vetas del fútbol internacional, quizás gracias a un equipo lusotropicalista, es decir gracias a aquellos jugadores negros que desde los años 50 comenzaban a ser introducidos en los varios clubes lusitanos y en la selección. Entre ellos, seguramente debemos destacar ya desde ahora, al símbolo del fútbol portugués, Eusebio da Silva Ferreira, balón de oro en1965 (llegando segundo en 1962 y 1966), y bota de oro en 1968 y 1973, y mejor marcador de la Liga Portuguesa por siete veces (1964, 1965, 1966, 1967, 1968, 1970, 1973), un resultado aún no alcanzado. Por lo tanto, parece claro hacia dónde queremos ir con este texto, es decir nos parece interesante contarles cómo las características de ese lusotropicalismo hayan podido insertarse en el mundo futbolístico portugués. La duda que nos queda es acerca al racismo, a la paradoja de ese tiempo – que aún hoy dicta las agendas políticas de partidos declaradamente xenófobo o “involuntariamente” xenófobos (admitiendo la involuntariedad) – dentro de una metrópoli (como Frantz Fanon definía los países colonizadores) que ve su imperio desaparecer, envía sus jóvenes a la guerra en países lejanos, su jerarquía social racializada pone las personas desde las colonias en los márgenes, pero los jugadores que hacen triunfar Portugal venían por las entonces colonias africanas.

Es adentro de esta paradoja que podríamos quizás observar si la introducción de jugadores provenientes por las colonias haya generado transformaciones en la manera de mirar y considerar al (entonces) colonizado en una sociedad con estructura racial. Para seguir en ese camino, observaremos al cambio estratégico colonial del Portugal de Salazar, apoyándose en la teoría de Gilberto Freyre del lusotropicalismo, con la cual el sociólogo analizó la sociedad brasilera, para seguir observando la condición futbolística de Portugal pre, con y pos políticas lusotropicalistas, mirando a cómo el fútbol viene difundido en las sociedades periféricas de las colonias y con qué objetivo se inserta a la población indígena en ese deporte.
El fútbol, como generalmente todo el deporte en época colonial, tiene directivas emanadas desde la metrópoli con las cuales se pretende penetrar cada ámbito de la sociedad periférica, en el intento de una asimilación cultural, someter los colonizados a las leyes de la metrópoli (en este caso, la portuguesa) y reducir el conflicto en las colonias. El objetivo del Estado Novo portugués, con el lusotropicalismo, era el de legitimarse frente a la comunidad internacional como ejemplo de colonización que incluye y no excluye, y que no se reduce a la explotación de los recursos presentes en los territorios colonizados.
Es así como se llega a tener, en 1966, una nación aclamara su selección mestiza en los mundiales ingleses y que al mismo tiempo enviaba sus jóvenes en los países de donde llegaban algunos de sus jugadores… Y se llega a ver, los movimientos de liberación, como el FreLiMo, luchar contra el ejército colonizador portugués e hinchar por Eusebio con la remera de la selección portuguesa.

Vamos con orden, ¿qué es el lusotropicalismo? Como dijimos hace poco es un concepto sociológico elaborado por Gilberto Freyre, en los años 30, desde Brasil. La identidad lusotropical fue explicada por Freyre en sus obras Casa-grande e senzala (1933) y en Sobrados e Mucambos (1936), y fue teorizada como un idealtipo de identidad, es decir como una categoría sociológica que ayudase a explicar la formación de la sociedad brasilera, a través de una perspectiva innovadora que rompía con los parámetros naturalistas o marxistas (Medina, 2000). En particular, el trabajo de Freyre hace referencia a la condición colonial de Brasil en el siglo XVI y XVII, bajo una economía de plantaciones con base esclavista, y exalta la contribución dada por los africanos y los amerindios en la formación de la sociedad brasilera (Castelo, 2011). Al mismo tiempo, Freyre (1933) trazaba las características de la identidad portuguesa y de la manera de colonizar. Es decir, para Freyre el portugués se mostraba hábil en el ambientarse en el mundo tropical por su mentalidad y cultura, generando una “colonización híbrida”. Esto porque, Freyre considera la cultura portuguesa como una cultura indefinida entre los continentes europeos y africanos, una síntesis entre la cultura católica y mahometana, la dinámica y la fatalista, es decir contiene en sí los antagonismos de esas culturas que conducen a una flexibilidad, indecisión y armonía o desarmonía. Son estas las causas que, en opinión de Freyre, permiten una colonización distinta… Y que en un primer momento hicieron rechazar la obra de Freyre en Portugal.

Sin embargo, el Estado Novo adopta esta perspectiva colonial en el post segunda guerra mundial, cuando el gobierno de Salazar necesita nuevas estrategias para legitimar sus posesiones coloniales y mantener las fronteras del Imperio intactas (Medina, 2000; y Costa Pinto, 2009). Es en este contexto que desaparece la aversión del Estado Novo para la teoría de Freyre. Hay que convencer al nuevo tablero internacional que el Imperio portugués esté privado de cualquier forma de racismo en sus colonias (que en ese entonces aún eran Cabo Verde, Sao Tomé e Príncipe, Guinea Bissau, Angola y Mozambique en África, y Timor en Asia).
En 1951 el gobierno portugués, por un lado, se acerca tanto a la idea de Freyre, como a él mismo, con la invitación del Ministro de las Colonias, Sarmento Rodrigues, a visitar las colonias africanas. Es el mismo Freyre que opina a favor de las políticas portuguesas en las colonias, escribiendo nuevos textos que extienden su trabajo (sobre la realidad brasilera) a las realidades situadas en el continente africano. Es así que el lusotropicalismo pasa a ser una verdadera política de Estado, llevando, en el 1953, la dictadura portuguesa a una revisión de la Constitución, transformando las colonias en “Provincia de ultramar”, como política integracionista. A partir de los años 50, el esfuerzo lusotropicalista ha sido notable dentro del estado para cambiar el discurso dominante. Si en 1944, el Ministro de Financias de las Colonias sostenía que: «el mestizaje produce efectos nefastos, degeneraciones del carácter psíquico y somáticos: impulsivas, indolencias, poco inteligentes, poco dóciles y poco morales» (en Nunes Pereira), a partir de los años 50 la palabra mágica cambia en integración lusotropical, que, en particular desde el comienzo de la lucha anticolonial en Angola, se transforma en un paquete legislativo. El objetivo de ese es eliminar las formas de explotación y discriminación para desarrollar una integración multiracial, y generar políticas sociales para quitar sectores de la población colonizada a las fuerzas de independencia, a través la educación de los colonos a la tolerancia racial y al respecto de los derechos humanos, que marcan un nuevo paradigma a partir del 1948. El lusotropicalismo pasa a ser un rasgo distintivo del pueblo portugués a nivel oficial, una manera de estar en el mundo y que deberá educar, en particular, a los que irán a las colonias y a los agentes del poder colonial. En las palabras de Freyre (1963) el lusotropicalismo debe ser entendido como una comunidad en la «unidad de sentimiento y de cultura».
Hasta entonces, la política colonial se basaba en el Acto Colonial de 1933, junto al Acto por la reforma administrativa de Ultramar (1933), y a la Carta orgánica imperial (1933). La importancia del Acto Colonial está en la suma de conceptos y de movimientos institucionales del Estado Portugués que marcaban el carácter fuertemente centralizador en la administración de las colonias. En este marco normativo, la estructura social de la sociedad -dicha Imperial- tiene una configuración jerárquica definida por una base racial: los blancos/colonos, los mestizos, los asimilados y los africanos indígenas. Estos últimos no gozaban de algún estado jurídico en el derecho privado y público (art.138, Constitución portuguesa de 1933), en cuanto considerados “no civilizados” (Passerini, 1970; p. 23).
Como evidencia la investigación de Castelo (2011), en el Acto Colonial resalta el carácter de sumisión de los indígenas en la máquina administrativa colonial, considerados como pueblos salvajes, en nombre de valores superiores que pertenecían a una supuesta raza portuguesa. Esta posición se refleja en las palabras del Ministro de las Colonias Monteiro (1931-1935), que asignaba a Portugal el “deber histórico” de civilizar las “razas inferiores” que se encontraban bajo dominio portugués: proteger los indígenas, convertirlos al cristianismo, educarlos al trabajo, elevarlos moralmente, intelectualmente y materialmente. Por tanto, ser indígena significaba estar desprovisto de ciudadanía y derechos civiles, y no poder: poseer tierras, matar animales, vender cosecha, comprar maquinarias sin un permiso oficial, moverse libremente, sino por permisos limitados y en posesión de una “caderneta indígena”. Además, el indígena no podía trabajar para empresas privadas, sino solo para el Estado en obras públicas (art.19, Acto Colonial de 1933), sujeto a trabajo forzoso por el Estado. La asimilación preveía, por ende, saber leer, hablar y escribir en portugués, ser católico, demonstrar de poder mantener económicamente su familia, abandonar las costumbres “africanas” y prometer de no cohabitar con africanos (Passarini, 1970), no rechazar el ejército, pagar los impuestos y tener las calidades necesarias para ejercer los derechos de ciudadanía. El estatus de asimilado será anulado solo en 1961, con el comienzo de las luchas para la independencia, para extender la condición de ciudadanía a africanos, negros y mestizos para evitar que ellos diesen recursos o su participación a los movimientos de independencia.
¿Dónde cabe en todo eso marco el fútbol? ¿Qué juego pinta? En las colonias, escribe Domingos (2006) – con particular referencia a Mozambique – el fútbol llega con los ingleses, que ya en 1908 fundaron su equipo (el Lourenço Marques Athletic Club), mientras que viene usado por los militares como método pedagógico, considerado como juego que estimulaba los sentimientos de disciplina, solidaridad y mutuo auxilio. En Angola, escribe Marzano (2013; p.55), la práctica deportiva acompaña la consolidación del dominio portugués entre 1870 y 1930, como forma simbólica de la presencia europea y de modernidad, en cuanto los clubes deportivos eran “espacios típicos de la sociabilidad de los colonos”. El desarrollo del fútbol, en las colonias, hace notar Domingos (2006), sigue más o menos las mismas trayectorias seguidas en Europa (y en América Latina), es decir crea sus espacios alrededor de las empresas, estatales o privadas que sean, que organizan actividades deportivas para los trabajadores como forma de control laboral. Otro papel importante para la difusión del juego es desarrollado por las misiones religiosas, que lo utilizan como método educativo, disciplinario y de integración comunitaria; finalmente, por los mismos colonizadores a través de las dinámicas asociativas que hacían hincapié en prácticas deportivas y a través del ejército colonial. Por lo tanto, es evidente que la finalidad de la introducción del fútbol en las colonias tenía varias trayectorias: una era la de recreación y control laboral y en este caso era directa a los colonos; otra era de domesticación corpórea y de disciplina, así como para estimular la solidaridad y la mutua ayuda, que afectaba mayormente la práctica deportiva en los militares y en los jóvenes reunidos en la Mocidade Portuguesa; y finalmente la trayectoria propia de las misiones cristiana que usaban el fútbol con fines comunitarios.
Come vemos, el desarrollo del juego antecede la adopción del lusotropicalismo como política colonial por la dictadura portuguesa e impone una segregación entre colonizadores y colonizados: los colonizadores jugaban con sus clubes en ligas distintas a las de los colonizados, las cuales eran gestionadas por los notables locales, que entraban en el estatus de “asimilados”, mientras que los equipos eran compuestos por “indígenas”. Esta segregación deportiva se dará de baja en los años 60, es decir cuando Portugal empieza a introducir la palabra lusotropicalismo en los discursos coloniales con la necesidad de cohesión alrededor del proyecto colonial y en contra de los movimientos de liberación nacional.
En poco tiempo, el fútbol empieza a constituirse en su organización y siguiendo la división impuesta por las directivas coloniales, es decir en base al esquema divisorio colonos, asimilados e indígenas. De esta manera empiezan a surgir los varios campeonatos locales, creando las ligas para los colonos y aquellas para los asimilados que a través del juego empezaban a incorporar los códigos culturales y económicos europeos, marcando la distancia con la población considerada indígena. De hecho, en 1914 nace la Liga de Fútbol de Luanda (LFL) en Angola y en 1923 nace la Asociación de Fútbol Lourenço Marques (AFLM) en Mozambique. En estas ligas jugarán los equipos formados por los colonos que tienen sedes principalmente en la capital del Mozambique colonial (Lourenço Marques, la actual Maputo) y en Luanda (Angola). Los colonizados asimilados formarán de respuesta a esta exclusión otras Ligas: en 1925, la Asociación de Fútbol de Luanda en Angola y, en 1924 la Asociación de Fútbol Africana (AFA) en Lourenço Marques, Mozambique, permitiendo la organización del fútbol en las periferias, con aquellos equipos excluidos por la competición de los colonos. Si en la AFA había jugadores con el estatus de indígena y los asimilados eran los dueños de esos clubes, en Angola, evidencia Bittencourt (2017), los indígenas formaron clubes de barrios que con el pasar del tiempo lograron desplazar la atención futbolística (y también de la PIDE – la policía secreta fascista) sobre ese fútbol que no se institucionalizaba.

Y también aquí llego el lusotropicalismo. ¿Cómo? Por ejemplo, en 1959, en Mozambique cayó la segregación futbolística entre AFA y AFLM, marcando el pasaje de los equipos de los asimilados e indígenas a la AFLM. Sin embargo, estos equipos se vieron integrados en las ligas de tercera división. Es decir, si parece meterse fin en manera formal a la discriminación racial, en realidad esa seguía con formas que encontraban sustancia en las praxis burocráticas. Será en 1961 que la presencia de jugadores negros no represente más una excepción en los clubes de la AFLM. En el trabajo de Domingos (2009) se reportan unas estadísticas –acerca del caso mozambiqueño– que merecen ser consideradas: en 1959, solo el 5,89% de los miembros de las asociaciones deportivas era negro; mientras que, en 1964 la cuota alcanzará casi el 20%, en particular en los equipos periféricos, en cuanto en la capital el ritmo –demuestra la estadística del caso– será de unos puntos porcentajes menos.
El lusotropicalismo llega con otra novedad para afirmar el lema dictatorial de que “Portugal está em Portugal”: las colonias – consideradas Provincias, es decir Portugal – ven una expansión de la práctica deportiva con diarios deportivos, transmisiones radios que mandaban en vivo los partidos de los clubes metropolitanos. Esos últimos comienzan a organizar giras por las colonias y abren las puertas de los torneos metropolitanos a los clubes de las colonias. En particular entre 1957 y 1960, releva Andrada Melo (2016), un club de Angola, uno de Mozambique y uno de Guinea Bissau, participaron a la Copa de Portugal (Taça de Portugal), y desde la metrópoli se reivindicaron los éxitos de estos equipos como ejemplo de cumplimento de la misión civilizadora.
Otras tentativas de legitimación del lusotropicalismo a través del deporte y para aumentar la presencia colonial en los territorios africanos fueron la organización de los Juegos Luso-Brasileiros – reporta Andrada Melo (2016) – que se realizaron en Portugal en 1960, en Brasil en 1963 y en Portugal-Angola-Mozambique en 1966; y la organización de un Campeonato Ultramarino de Fútbol, jugado en Luanda con la presencia de equipos nacidos en las provincias. Sin embargo, este torneo evidenció los problemas de infraestructura y las dificultades de controlar y conectar todo el territorio colonial, imposibilitando la participación de los equipos de Guinea Bissau y Cabo Verde.
A pesar de estas aperturas, no debemos olvidar que el fútbol tenía objetivos como lo de aumentar el control colonial y militar, también bajo las políticas lusotropicalistas y expandir el mercado. Al mismo tiempo debemos considerar el fútbol como lugar donde avanzar reclamos sociales. A pesar de su comienzo exclusivo para colonos y su expansión clasista, el fútbol fue jugado por todos, aunque separadamente. Los estudios de Bittencourt (2017), Domingos (2006, 2012), Marzano y Nascimento (2013) han evidenciado como el fútbol haya ido expandiéndose también con el crecer de la urbanización e industrialización en los años cincuenta, excluyendo también la presencia de los colonizadores. Es decir, no ha podido ser dominado por las instituciones y en varias ocasiones los barrios y los suburbios fueron su mayor teatro de desarrollo, jugado por jóvenes y equipos no oficiales, generando en varias ocasiones problemas para las ligas oficiales (Bittencourt, 2017) y mostrando una falta de control del territorio para los colonizadores. Mientras los medios de difusión –radio y periodismo- ampliaban en las colonias (o Provincias) el conocimiento de la Liga Portuguesa, los varios frentes de liberación iban adquiriendo más popularidad local e internacionalmente, con un consiguiente aumento de su presencia en los barrios de la ciudad, en las periferias y en las fronteras gracias al apoyo de los movimientos de liberaciones que ya habían conseguido la independencia de sus países (Andrada Melo, 2016). Esta presencia se manifestó también en el fútbol. Los frentes de liberaciones consiguieron, ya en los años cincuenta, entrar en las ciudades y controlar algunas zonas, mejorando el nivel de vida de las personas, en particular en el caso de Guinea Bissau y Angola, y varios miembros de los frentes jugaban o entraban a ser parte de los clubes. En particular, los clubes de fútbol empezaron a ejercer una tarea política para enfrentar la ilegalidad de los partidos políticos, exigiendo al gobierno colonial más inversiones en escuelas y asistencia médica, mayor apoyo a las actividades deportivas (posición sostenida también por los diarios deportivos portugueses en las colonias) e igualdad de derechos entre colonos, negros y mestizos. De tal manera, los colonizados y sus clubes empezaron a utilizar la ambivalencia de las ideas lusotropicalistas en contra del gobierno la metrópolis (Marzano y Nascimento, 2013).
El pasaje transcontinental nos impone reflexionar sobre la cara interna del colonialismo lusotropical, es decir los efectos generados por el lusotropicalismo y su hipotética integración en la misma sociedad portuguesa en Portugal y en el fútbol de la metrópolis lusitana.
La integración de jugadores de las colonias, a pesar del efecto prolongado en el tiempo de dejar en un estado de subdesarrollo el deporte en los territorios africanos, tiene dos direcciones: una primera puramente deportiva; una segunda que pone el lusotropicalismo adentro de la estructura racial de una sociedad que deberá aguantar la dictadura del Estado Novo hasta 1974. La criollización del fútbol portugués empieza en los años ‘50 tanto en la Liga como en la selección. El primer jugador será el delantero y goleador Mateteu, llegado en el equipo lisboeta del Belenénses en la primera mitad de los años 50, y que fue también goleador de la selección de aquel entonces. Desde posiciones periféricas en el fútbol europeo, los equipos portugueses empiezan a ser temidos en toda Europa a partir de los años 60, en particular el Benfica de Esusebio y Mario Coluna, la Pantera Negra y el Monstruo Sagrado que llegaron de Mozambique. Así será también por la selección portuguesa que cambió totalmente su peso en el escenario internacional. Bautizada por una derrota en su primer partido contra España en los años 20, la selección portuguesa no representó un equipo temible hasta los años 60.

En correspondencia con los éxitos del Benfica y la llegada de jugadores (sobre todo) mozambiqueños y angolanos en la Liga de Portugal, llegan las presencias en los torneos internacionales que hasta entonces habían sido raras, así como llega el tercer lugar en el mundial del 1966. El pasaje de los jugadores de las colonias a la metrópolis, a pesar de la publicidad lusotropicalista, subrayaba la condición de subalternidad de los equipos de las Provincias Ultramarinas. Es decir, el fichaje no tenía algún correspondiente económico, sino los clubes metropolitanos hacían valer su posición jerárquica. Sin embargo, el fichaje de jugadores de las colonias obligó la dictadura a modificar la legislación laboral para los trabajadores africanos, aflojando de esta manera las barreras sociales entre asimilados e indígenas. Otro aspecto que afecta la negociación de jugadores de las colonias afectaba el nivel escolar. A partir de 1956, los atletas debían disponer de un nivel mínimo escolar, para que el fichaje fuera formalizado con la firma del contractado (Stein, 2016).
Si el efecto futbolístico es una mezcla de éxitos deportivos y ocasiones de propaganda para la dictadura y su método colonial en contra las posiciones de Naciones Unidas – que apoyaban las autoderminaciones –, no debemos olvidar el contexto social portugués. Los jugadores negros representan un elemento de distinción en una sociedad que estaba acostumbrada a observar y relegar a los negros en los bajos fondos de las jerarquías sociales. El lusotropicalismo aparece, de tal manera, como un sucio juego con un nombre exótico, que escondía las atrocidades de un cruento y largo conflicto (Di Buono, 2015). El público blanco, desde la mitad de la década del 50, aplaude finalmente a los futbolistas negros. La estrella de todos, Eusebio, era africana. ¿Cuál fue, entonces, el efecto de ese juego y de su transformación mestiza? ¿Qué fuera solo fútbol? ¿Qué los jugadores negros pasaron a cubrir un rol social y un hábito de los blancos y además de alta sociedad?
Los futbolistas negros representaron un caso excepcional, en cuanto su estatus no era clasificable en el sentido común como condición de quién provenía de las (ex) colonias.
De hecho, lo que cumple el sentido común era asentar el negro a una condición de clase baja, subalterna, mientras los futbolistas si bien identificables por su color de piel quedaban encubiertos detrás de una máscara blanca – recordando el texto de Fanon – por el hábito que el deporte les confería. El lusotropicalismo dio sus héroes deportivos negros al Portugal, como símbolo de la elevación del asimilado por la propaganda, mientras que ser negro y asimilado seguía haciendo referencia a una estructura jerárquica de una sociedad racial, donde el lusotropicalismo tuvo el efecto de despolitizar el debate acerca de las asimetrías del poder con relación a una supuesta raza y a territorios periféricos.
Y es así, que hoy encontramos la estatua de Eusebio da Silva Ferreira en la entrada del Estadio da Luz del Benfica, instalada en 1992 y hecha por el escultor estadunidense Duker Bower, y luego de la muerte de la Pantera Negra, en 2014 fue protegida por una instalación en vidrio, como homenaje al máximo goleador del Benfica y a uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol.

Bibliografía
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