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La Casa de Dios

Por: Nicolás Hernández (periodista especializado en asuntos internacionales; fotógrafo y realizador audiovisual; licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, orientación Periodismo; maestrando en Estrategia y Geopolítica; coordinador general de la Web de teleSUR; dedicado a la cobertura y el análisis de la política internacional desde una perspectiva latinoamericana; divulgador activo en redes sociales, especialmente en su cuenta de Instagram @nhernandez6015, donde comparte reportajes, crónicas visuales y reflexiones geopolíticas).

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D10S está en todos lados

Las diez de la noche del 25 de noviembre me encontró tomando cerveza en el piso de tierra de la casa donde el Diego hizo sus primeros jueguitos. La temperatura estaba agradable y llegamos con la ilusión, quizás algo mística, de encontrarnos con algo extraordinario en Fiorito, pero cuando llegamos estaba todo apagado y nos acercamos a la puerta de alambre con poca esperanza de encontrar a alguien.

Adentro estaba Javier, el dueño de casa, alto, (más alto que yo que ando por el metro noventa), camiseta de la selección, cortos y ojotas. Nos tiró con una voz un poco estropeada: “Si quieren pasar a sacarse una foto no hay drama”. Pasamos y no rechazaron la indirecta cuando uno de nosotros preguntó: “¿Dónde podemos conseguir cerveza por acá?”. Con él estaban su compañera, una mujer chiquita, y aún más comparado con la altura del anfitrión y Gonza, su mejor amigo. Todos bosteros.

Ese martes el anfitrión estaba algo decepcionado por la escasa concurrencia. Se acordó del 25 de noviembre de 2020, ver en la televisión la imagen de su casa desde el cielo, todo repleto de gente y era su casa. Él estaba debajo de las chapas. “Fuuaa esa es mi casa” recordó haber exclamado y buscó complicidad en el recuerdo con su compañera. Acá vino gente de todo el mundo, dice entusiasmado, pero ese martes éramos siete. 

Conmigo estaba David ( Pizarro – secretario del CSDJ y amigo) y una pareja que había conocido horas atrás y con quienes todo terminó bastante mal con la gente de ahí. A David lo vi por primera vez en un la presentación de una maestría de la Escuela de Guerra del Ejército; la segunda con un envase de cerveza vacío alzado sobre su cabeza cuando volaba de todo contra los gendarmes que cerraron la reja de hierro que daba paso a los dolientes a darle el último adiós a la máxima figura del fútbol mundial y una figura divina para el pueblo argentino.

En el funeral, plena pandemia, me di cuenta de que Diego, como Perón, es distinto para cada uno de nosotros, pero uno solo para todos. Había gallinas, bosteros, del Lobo o de quien sea; pibes, señoras, barras, gente de plata, banqueros, todos mezclados en esa cola interminable que iba de la Casa Rosada hasta la 9 de Julio, doblaba y llegaba hasta la Estación Constitución, mezclados, rompiendo la pandemia, con una desazón tremenda. El pueblo lloraba, el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires reprimía.

Con mi celular robado, ese día además de putear a la Gendarmería, emprendimos la misión imposible de llegar a él y lo seguimos hasta el cementerio Jardín de Bella Vista, donde llegamos tarde y borrachos con Fabi, amigo de David, llorando por la ventanilla a moco tendido y puteando a Claudia y mi ex venezolana fascinada con la locura de los argentinos, aunque en realidad era la locura de cierta parte de los argentinos, los maradonianos quizás, la mitad, una parte importante, sobrerrepresentada o no, nosotros. Llegamos horas después del entierro y de que el cementerio cerrará sus puertas, pero unos cuantos seguían con bombos, gritos y llantos despidiendo al Diego.

La casita del Diego está intacta, solo cambió de la fachada que ahora hay murales: Uno de la Tota, Don Diego y su hijo, en blanco y negro. Otro con los colores bosteros pero el diego con la Camiseta celeste y blanca,  y en lo que sería la ventana algunas ofrendas colgadas. La principal es una amarilla con la firma grande del Diego dedicada al “Negrito”, el hermano de Javi asesinado unos años atrás.

A la derecha, al lado de la puerta de entrada y el resto, una mesa, un cartel ferroviario con el nombre de la Estación “Fiorito”, algunas sillas de plástico. 

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A Javier le dejó la casa su Mamá, Estela, que fue la empleada doméstica de la Tota y Don Diego cuando “El Pelusa” empezó a mandar algo de plata a la casa. A ella la conocí el 30 de octubre de este año, cuando fui al cumple número 65 del Diego. Era más temprano entonces, pero tarde para los mates. Estela estaba sentada en la cabecera, canosa y con un cigarro. Primero me miró de arriba abajo, luego de saludar, presentarnos con un colega y hablar un poco nos ofrecieron de sentarnos. La tarde pasó amena, interrumpida por la gente aplaudía para preguntar si podía pasar para sacarse una foto. El maleducado que no pedía permiso y no reconocía que “es una casa de familia”, como entraba, era echado.

Esta tarde andaba un par de gallos y una gallina, subiendo arriba de la mesa. Estela nunca se relajó del todo, desconfiaba del periodismo y cuando hice dos preguntas me identificó como del gremio: “Yo no voy a contar nada, lo que sé me lo quedo conmigo”, me dijo y el aire quedó tenso por unos segundos hasta que intervino Marcos, un tipo grande y con cara de bueno rompió el hielo y una vez logrado se felicitó tomando un vaso de cerveza, que estaba bien puesto al lado de su codo. 

Marcos es un especialista en Maradona, para todo tenía una respuesta y un interrogante. El alguna vez armador político de Daniel Scioli, ahora coordina un club donde entrena a los pibes con las técnicas maradonianas: deben entrenar gambeta, carácter y compañerismo. También tiene su versión del Diego y no esquiva las preguntas profundas sobre el ser maradoniano y la esencia:  ¿la irreverencia?, ¿el enfrentarse a los poderosos? ¿él no olvidarse de dónde se viene? 

Fue esa tarde y no el martes a la noche que pedí pasar al baño, cruce una cortina plástica, pase el interior del comedor de la casa y al fondo, bien al fondo estaba el bañito. Cruce todo el patio y estar a solas allí fue fuerte. Me dije: “Acá meaba el Diego”. 

Entre las personas que llegaron esa vez, apareció una mujer de jogging rojo, busto prominente y orgullosa dueña de una parrilla que nos invitó a mí y a León a tomar unas cervezas al Club Social y Deportivo La Estrella. Era jueves y en el enorme playón del club se jugaba la final de la Copa Ciudad de Dios, y la disputaban El Paredón contra La Bolsita. Ganó el Paredón, nosotros comimos unas empanadas, muy buenas y muy baratas, la cerveza estaba helada y la imagen del Diego estaba por todos lados. La noche cerró soñada.

Pero la del aniversario de la muerte del Diego no. A Juan y a la Chewi, los otros dos que completaban los 7 que terminamos esa noche en Fiorito los conocí en el Obelisco. Ahí convocó la organización Justicia X D10S, que reclaman, se sepa la verdad y se castigue a los culpables de la muerte del Diego, en un juicio amañado; como tantas otras veces cuando hay gente de plata implicada, todo se vuelve raro y nunca se sabe la verdad. La telaraña y la mosca.

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En ese epicentro de la Argentina se reunió toda la fauna y la parafernalia maradoniana y cada uno con su Diego. Uno para cada uno, y para cada uno una imagen: un Diego besando la copa en una camiseta; otra con las manos juntas como rezando y cara de santo; en un bolso el Diego con los rulos largos con cara de sex simbol y un viejo tiene una camisa impresionante, con el diego en cuero, transpirado, con la cabeza levemente inclinada hacia arriba y en la boca un Habano.

Candela está con su hija, tiene varias imágenes del DIEZ. En el cuello su firma en un izquierdo el Diego con una pelota en la cabeza, pegada; en la derecha el barrilete cósmico en un pergamino, por encima la frase que dijo Maradona en su despedida en la Bombonera: “Yo me equivoqué y pagué, pero… la pelota no se mancha!!!”  y abajo, como si fuera religión, la aclaración “Palabra del Diego”. En el antebrazo está de espalda con el “10” y los brazos levantados como yéndose al cielo. En el dorso de la mano, grande, y grueso, D10S. No le alcanzó su cuerpo y proyectó su pasión en su descendencia, que está con la misma musculosa de Argentina con un 10 grandote en la espalda. “¿O no mi amor que vos lo amás al Diego?”. La niña asiente con la cabeza y sonríe con ganas. 

Una mujer tiene una pila de figuritas de Maradona, otra elige una para ella. Le ofrece una del genio del fútbol mundial saltando ingleses. La beneficiada tiene una camiseta con la cara de Maradona y la frase: “Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados”. Cuenta que se la hizo imprimir para ir todos los miércoles a bancar a los jubilados, para ella y como para tantos otros, el Diego es lucha.

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Una mujer levanta un ramo de flores, blancas, de las chiquitas, como la que Dalma puso en la media al diego y que no se sacó cuando entró al campo de juego. Quizás para ella Maradona sea ternura. Un pibe hace jueguito, como nadie, se puede tirar de espaldas al piso, las piernas levantadas y con la planta del pie golpear la pelota una y otra vez, para él, el Diego es inspiración. Hay bombos y trompetas.

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Esa jornada terminó prendiendo velas en una imagen del diego echa con tizas color negro y blanco en el suelo. Niñas, adultos, ancianos. Ya quedábamos pocos para entonces y David me dijo de irnos para Fiorito. Dos conocidos de él rían con nosotros: Juan y la Chewi.

Ya era casi la medianoche y habíamos compartido unos siete latones de cerveza cuando nos echaron. Al parecer, Juan hizo algo fuera de lugar, Javier se paró, hubo cruces y en minutos la cosa llegó a un punto de no retorno. Un incidente, una invitación inadecuada, unos intercambios inconducentes que terminaron con Javier y Juan hablando muy de cerca y no con buenas intenciones. “Tomátela”, exigió el dueño de casa. Faltaba más

Al salir, el Diego nos miraba desde todas las paredes. Como Dios, está en todo lados.

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