Por: Nuria Escobar (docente; militante; ex vocal de la Comisión Directiva de San Lorenzo de Almagro; con trayectoria en la participación institucional y política dentro del ámbito de los clubes deportivos; promotora de la organización y el compromiso comunitario en el deporte).

Hace algunos años, las comisiones directivas de nuestros clubes comenzaron a verse (al menos en parte) más nutridas por mujeres dirigentas. Este hecho histórico puede atribuirse al crecimiento y la irrupción del feminismo en nuestro país: un movimiento que siempre existió, pero que adquirió una centralidad masiva a partir del debate y la lucha por el aborto legal.
Esa experiencia de organización y militancia en las calles llevó a muchas de nosotras a repensar, con perspectiva feminista, todos los espacios que habitamos y transitamos cotidianamente: nuestras organizaciones políticas y sindicales, nuestros vínculos sociales y afectivos, y también nuestros clubes.
Muchas entendemos a los clubes como una pieza fundamental del desarrollo social y, por qué no, de esa comunidad organizada que tanto anhelamos. Por eso, desde distintos lugares, comenzamos a involucrarnos más activamente: algunas acompañando y sosteniendo disciplinas deportivas, otras participando en organizaciones de hinchas, y otras formando parte de agrupaciones políticas que proyectaban disputar espacios de conducción.
Pero dejando ese contexto atrás, o mejor dicho, pensando el presente, surge una pregunta inevitable: ¿qué pasó con esas dirigentas una vez que asumieron cargos ganados con votos de socixs, y con mucha militancia?
Las respuestas son múltiples, porque las experiencias también lo son. Hay hoy muchas mujeres en cargos dirigenciales, y eso, sin dudas, es un logro enorme. Sin embargo, también es cierto que casi todas nos encontramos con obstáculos al momento de ejercer poder real. Algunas ni siquiera llegan a tener voz y voto efectivo; otras no son consultadas en decisiones para las que fueron elegidas; y muchas, aun participando activamente de las llamadas “roscas” políticas e institucionales, no logran incidir en las grandes definiciones del club ni en su funcionamiento cotidiano.
Por un lado, persiste una explicación evidente: la participación política de las mujeres en espacios de poder dentro del deporte es reciente. Aún queda camino por recorrer, estrategias por construir y experiencia por acumular.
Pero, por otro lado, también sigue vigente una lógica profundamente arraigada: en especial en el fútbol masculino profesional, las decisiones continúan concentradas en dos o tres varones que deciden en soledad, amparados en supuestos saberes futboleros que muchas veces no se traducen ni en buenos resultados ni en gestiones responsables. Basta mirar algunos ejemplos para comprobar que el solo hecho de ser varón no garantiza lucidez ni formación.
Esta dinámica excluye sistemáticamente a las compañeras incluso de discusiones clave, como la planificación deportiva o las estrategias de compra y venta que podrían evitar daños económicos e institucionales al club. Como consecuencia, muchas veces somos las más expuestas frente a decisiones que no tomamos y con las que incluso estamos en desacuerdo.
No existe una respuesta única para repensar los espacios de poder en el deporte. Pero sí resulta imprescindible una apertura real por parte de quienes hoy conducen el fútbol argentino. Hay muchísimas compañeras con ideas sólidas, proyectos bien trabajados, formación profesional y militante, y sobre todo un profundo amor por sus clubes.
Que las mujeres y las diversidades sigan participando en la vida institucional de los clubes no es solo una cuestión de justicia: es una condición necesaria para construir clubes más democráticos, más transparentes y, en definitiva, mejores.

