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Historias en Clubes Sociales

Por: Eduardo Ferrer (Historiador, profesor, periodista y corredactor de los libros: ¨100 clubes bonaerenses¨ y ¨100 clubes de barrio¨)

Es habitual que a las instituciones que practican determinadas actividades de desarrollo corporal, ejercitación o desempeño de carácter físico, tiendan a denominárselas, a lo largo del tiempo, con los conceptos de Club Atlético, Club Social, Deportivo y Cultural, Asociación Atlética, Club y Biblioteca u otros tantos apelativos referentes a la cuestión.

El ejemplo de las agrupaciones que se conforman bajo estas manifestaciones idiomáticas, data de las últimas décadas del siglo XIX, instante en el que los inmigrantes trajeron, a estas tierras, la práctica de diversas disciplinas y, sobre todo, una intención asociacionista que permitiera, a través del colectivo, afrontar las carencias de la nueva vida.

Por contrapartida, las primeras generaciones de las oligarquías patrias, nacidas ya en suelo criollo o arribadas del otro lado del Atlántico, se manifestaron en la fundación de otro tipo de instituciones, también bajo el concepto de Club. Así nacieron el Liberal o de la Libertad, del Progreso, Junta Conservadora y los asiduamente denominados: Club Social.

Ese adjetivo calificativo (Social) aparece como un dato central en el desarrollo del presente artículo, en función de la disputa que se generó entre los segmentos poblacionales para apropiárselo y porque, además, ha pasado desapercibido para la mayoría de las investigaciones sociales e, incluso, para la mirada pública, que tiende a centrarse en los aspectos deportivos y atléticos.

Aquella intención política de los sectores económicamente más favorecidos, de utilizar políticamente al Club, como herramienta de participación pública y, en algunos casos, de coacción ciudadana, fue cediendo paso desde la aparición del voto popular y la consolidación de la vida democrática, a partir de la segunda década de la centuria.

Sin embargo, algunas prácticas de sociabilidad en las entidades oligárquicas, continuaron sucediendo, casi sin intermedios, hasta mediados de siglo: los bailes clásicos al estilo europeo, los conciertos de música clásica, los juegos de barajas de las elites transcontinentales, la imposición de normas de vestimenta y la adquisición de membresías exclusivas de participación societaria.

Los clubes sociales y deportivos fundados por inmigrantes, las instituciones de las barriadas populares, de los espacios «geográficamente» marginales y las asociaciones de los pibes del «centro», hijos de la pujante «clase media», muchas veces expulsados de los espacios de reunión de la oligarquía, encontraron su época de crecimiento y el abrazo protector del estado, a partir de mediados de la década del 40′.

El concepto de lo Social trocó hacia nuevas interpretaciones: el encuentro de los vecinos y las vecinas del entorno territorial más cercano –el barrio-, la relación con la solidaridad y la empatía –hacer por aquél que atravesaba una penuria- y el compartir también las alegrías, por medio de actividades propias del conjunto social y la familia: el casamiento, el cumpleaños de 15 años, el acto escolar, el corso y el carnaval, el aperitivo al retornar de las labores, la mesa de cartas, las presentaciones de la “Típica” y la “Jazz” –más tarde el rock-, los bailes populares –sin derecho de admisión- y, por supuesto, el FÚTBOL.

En los libros “100 Clubes de Barrio” y “100 Historias en Clubes Bonaerenses”, de quien suscribe, se describen muchos relatos que hacen epicentro en la concepción SOCIAL de estas instituciones. Algunos de carácter pintoresco, otros que reflejan cierto estado de angustia, frente a la inminencia de un cierre, los grandes y heroicos logros. De ellos, se eligieron tres, en un formato abreviado, para convocar juntas, a las risas y la nostalgia.

(“Hoy gran noche de Baile en el Club Talleres”) Aquellos bailes fueron de los más famosos de Mar del Plata, por la calidad de los shows y su popularidad. Uno de los asiduos asistentes fue Héctor Gonzalo, referente histórico del club, sodero del barrio, con más de 70 años de presencia y, además, uno de los que, durante más tiempo, vistió la casaca de Talleres. Junto a sus dos hermanos, “Cacho” y Luis, los “tres mosqueteros”, fueron los primeros en llegar a jugar en Primera División, de forma conjunta.

Nadie mejor que él para contar esas noches mágicas, de elecciones de soberanas, como en 1962, cuando Elena Ramirez, apoyada por “La Pandilla”, logró consagrarse reina. En ciertas ocasiones, las madres de las candidatas, enojadas con los resultados, increpaban furiosas a los jueces. En varias oportunidades, “la barra” seleccionaba, por medio del voto, a la aspirante menos agraciada, generando verdaderos inconvenientes.

“Socialmente el club del Puerto fue y es Talleres. En las noches en que se celebraba el aniversario no cabía un alfiler. Es más, la inauguración de las instalaciones del club nuevo, la hizo Julio Sosa en el año 1960. Pasaron artistas como José Basso y el cantante de ‘peluche’, Floreal Ruiz, incluso cantó María Martha Serra Lima. Con Sosa ese día explotaba, no se podía estar, con gente queriendo entrar, fue la época de oro.”

Las celebraciones comenzaban con la luna de testigo, por la doble entrada de Magallanes y Triunvirato, alrededor de las 20, y se extendían hasta la madrugada, dividiéndose la velada entre la orquesta típica y la de jazz. En una oportunidad, con motivo de una fiesta de aniversario, amenizó la velada el fuelle tanguero de Aníbal Troilo.

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Los muchachos solicitaban prestados a sus hermanos y padres, alguna prenda de vestir y zapatos de gamuza, para asistir bien “empilchados”. Por su parte, la mayoría de las chicas, concurrían acompañadas de sus madres, que autorizaban los bailes.

“Acá funcionaba el ‘cabezazo’ para sacar a bailar. ¡Se ‘cabeceaba’ más acá, que en la cancha! Igual vale aclarar, eran bailes muy familiares. Me acuerdo que, si tomabas una copa, la pedías en la barra o a los mozos, muchos de los cuales eran amigos. Había un sector con sillas y pegado al escenario, en su parte inferior, se encontraba una lanchita amarilla, pintada con los colores de Talleres. Todo el salón se encontraba con banderas, globos y guirnaldas amarillos y rojos. Los domingos eran de teatro y radio teatro.”

En el recuerdo, los personajes del club; entre ellos, José “Lalo” Martínez, encargado de los bombos y banderas de la hinchada, “en una oportunidad que Talleres fue a jugar a Necochea, mi viejo se salvó de milagro de una cuchillada rival, porque interpuso uno de los bombos del club, para protegerse de la estocada”. ¡Cómo olvidar a “Chingolo”! Imitador de Carlos Gardel, que cantaba en la entrada del club a cambio de un sándwich comprado en el buffet. “Virulana”, un vendedor ambulante empedernido, que en las fiestas “cabeceaba a diestra y siniestra” o “Beto” Galvarne que, en carnaval, bailaba de forma desmesurada.

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No puede faltar Godofredo “el Feo” Ferreyra, jefe de la barra. “Una noche en el club Aldosivi se realizó un evento para encontrar al más feo del barrio. Allí, se encontraba ‘Lechuza’, que decían era más feo que Ferreyra, perdió, se quejó e intento agredirlo, generándose una escaramuza que se fue a mayores al grito de: ‘¡me robaste el titulo!’.”

(Baile y Carnaval toda la vida) (…) El crisol del carnaval se desenvolvió naturalmente en las instituciones deportivas… Para aquellos años 20’, el piberío que compartía escuela y vecindad, conformó, desde su conjunto de fútbol, una organización lo más parecida a un club. El primer sitio que escogieron fue un banco, en la Plaza Castelli. Para que la escuadra pudiera ingresar a las competencias, debía tener un nombre y colores que la identificaran: Deportivo Ballester fue elegido, y la casaca a bastones azules y blancos. ¿Por qué seleccionaron esos rasgos, en 1925, aquellos chiquilines?

“Uno de los jóvenes envió una carta a una empresa, solicitándole un juego de camisetas a cambio de llevar el nombre de la firma estampada. Fue así que llegó a manos de nuestros fundadores una camiseta blanca con franjas verticales de color azul, con la publicidad de Aceite ‘Ballester’. Se iba a convertir en el nombre de aquella naciente organización: Deportivo Ballester… Para principios del año entrante se había cambiado. Ismael Spagnuolo compró un nuevo juego de camisetas. Por ser hincha de Independiente de Avellaneda, con cierta lógica futbolística, compró unas camisetas rojas.”

Ese hito trascendental, construido a través de la simpatía y los colores de las casacas, llevó a edificar una identidad, ya que pasaron a ser conocidos como “Los de Independiente”. De ahí, un solo paso a la conformación: el lunes 12 de septiembre de 1927, en Vucetich al 150, se fundó el Club Atlético Independiente, con Rinaldo Bavera como primer socio.

Durante las noches de febrero, se celebraba el “Corso de Flores”: las carretas llegaban con ramos coloridos, casi tanto como los atuendos de los visitantes. Portar una flor, implicaba que un muchacho podía obsequiarla, para entablar diálogo con una joven.

“Estaban las noches de máscaras, comparsas, murgas, carrozas, desfile de caballos con gauchos y chinas, la carroza del Rey Momo, y la esperada última noche donde se realizaba su quema… se jugaba con papel picado, serpentinas, agua, lanza perfume, hasta la aparición de la nieve. ‘El Toro’ era un clásico en las noches, una de ellas terminó detenido en la comisaría, por generar disturbios excediéndose con las patadas.”

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                Los años 30’ hicieron que la institución se enraizara en el medio dolorense, e Independiente se consagrara a la organización de los bailes de Carnaval, en los salones del Cine Colón. Los eventos fueron muy concurridos y pasaron a integrar la memoria ciudadana. Las reuniones de sus socios, realizadas en el café Scarpini -Castelli 75-, crecieron vertiginosamente. Se alquiló la propiedad, para convertirla en su primigenia sede, lugar ideal en la manzana de la “vuelta obligada”. Y, como todo club, inmediatamente abrió su cantina.

                Las fiestas danzantes del CAI eran la moda habitual, con un detalle en cada previa de los bailes. El club les enviaba una invitación personalizada a las mujeres, a través de un cartero que, ya jubilado y siendo hincha del “Rojo”, se entretenía repartiendo las misivas. Depacanap Lucero iba, casa por casa, con la tarjeta para ingresar al convite, y era un éxito. “El nuestro fue un club innovador. A las tradicionales reuniones danzantes, Pedro Barbosa ‘Perico’ se le ocurrió una idea que cambió el estilo de los lugares donde se realizaban bailes: ‘El baile azul.’ ¿De qué se trataba? Un local todo azul, desde las luces hasta las paredes.”

(Con perfume de Mujer) (…) Los clubes no honran a las mujeres en su nombre, fundados en una época en que la cultura varonil no tenía limitaciones y ellas no tenían espacio público. En Dorrego, recrearon una entidad con perfume e identidad femenina.

            Algunos lo llamaban, porque así era, el Barrio Municipal, otros lo denominaban como la “zona de los olivares”, porque esa vegetación ocupaba aquellas manzanas. Lo que nadie pudo negarle a ese espacio geográfico, fue su carácter popular, de sencillas casas bajas y trabajadores que partían temprano de sus hogares. Ángel Frist dio inicio a las reuniones. ¿Dónde? El ámbito era indistinto, podía ser en el taller de hojalatería de los hermanos Merlos, en la fábrica de mosaicos de los Marrafine, o en el bar y despensa “El Oro Negro.

La participación del equipo en la Liga de Fútbol Libre generó la necesidad de consolidar el proceso, dando puntapié inicial con la compulsa de un conjunto representativo del barrio para el año 1951. Allí apareció otro personaje: el “Ñato” Echeverría, propietario de un bar llamado “Doña Rosa”, en homenaje a su concubina. El nombre no se hizo esperar y, para el 24 de mayo de 1956, el Club Villa Rosa ya participaba en la vida socio deportiva, aun cuando los fusiles de la “Libertadora”, todavía retumbaban en el pueblo trabajador.

No solo fue aquella mujer, la que acompañó a los “players”; también las hermanas Bruzzone se encargaron de confeccionar las casacas que los vestían: sobre tela blanca gruesa, zurcieron hilos y vivos verdes, además de los botones en el ojal izquierdo. A ese grupo de damas, se le anexó Herminia Balestra, esposa de Artis -dirigente, al que le decían el tío “Teofilito”-, quien manufacturó la primera bandera de la parcialidad “villera”.

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Todos aportaban en esa construcción colectiva: la familia Marrafine donó las pelotas de tiento, y el lechero aportó las medias del equipo. Tarea destacada desempeñó Teófilo Artis quien, además de ser presidente, se encargó de llevar las memorias de la institución en un cuaderno. Para evitar los robos, esos documentos se guardaban en su cocina a leña.

Se podrá observar, en el desarrollo del presente artículo, que el concepto SOCIAL va indisolublemente ligado a la vida de un club, más allá de lo atlético o lo deportivo. Y por si la muestra aún resultara escasa, bien vale subrayar el papel que ejercieron estas instituciones en la resistencia a las infames dictaduras de los años 60’ y 70’ o el rol protector que asumieron en la post-pandemia reciente, para tantas generaciones juveniles.

Sin lugar a dudas, cada club es, antes que nada, de carácter SOCIAL.

Referencias:

1. Aviso del Corso oficial en Plaza Castelli. 1901.

2. Aníbal Troilo en el Club Talleres.

3. Talleres campeón 1950. La Semana Deportiva.

4. Corso oficial de Dolores. Década del 60′.

5. Jugadores del Club Villa Rosa. Década del 60′.

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