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Es La Historia De Un Amor

Por: Nicolás Schamó (Presidente del Club Social y Deportivo Justicialista – Diplomado en Política y Gestión Deportiva UNSAM)

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“La verdadera política, es la política internacional”, decía Juan Domingo Perón.

Esa sentencia cobra actualidad al observar el vínculo entre Argentina y Bangladesh, una relación que trasciende los despachos y tratados para anclarse en lo más profundo de las identidades populares: el fútbol, la memoria y la hermandad de los pueblos. Desde el reconocimiento temprano de Bangladesh en 1972 y la apertura de la embajada en Dacca durante el gobierno de Perón, hasta la reapertura en 2023 en medio del fervor mundialista, lo que une a ambas naciones no es solo el comercio o la geopolítica, sino una afinidad construida en símbolos compartidos: Maradona, Messi, la pasión por la camiseta celeste y blanca y el enemigo común británico.

En 1971, Bangladesh conquistó su independencia tras una guerra de liberación marcada por la brutal represión del ejército pakistaní, con cientos de miles de muertos y millones de desplazados. Pero mucho antes de aquel conflicto, el pueblo bengalí había sufrido en carne propia los estragos del colonialismo británico: hambrunas provocadas, explotación sistemática y un modelo económico pensado para enriquecer al imperio a costa del hambre de millones. No es casual que, décadas después, el recuerdo de esa opresión se haya entrelazado con la figura de Diego Armando Maradona en el Mundial de 1986, cuando sus goles a Inglaterra simbolizaron para Bangladesh una revancha poética frente a quienes los habían sometido durante siglos.

Ese lazo histórico tuvo un gesto inaugural decisivo: en 1972, Argentina se convirtió en uno de los primeros países de América Latina en reconocer oficialmente al nuevo Estado de Bangladesh. Dos años más tarde, durante su tercera presidencia, Juan Domingo Perón ordenó la apertura de la embajada argentina en Dacca, como parte de una visión estratégica que entendía la política internacional como proyección de la solidaridad entre los pueblos del Sur. Ese acto no fue un simple trámite burocrático: en plena Guerra Fría, implicaba afirmar la autonomía diplomática argentina y tender puentes con una nación que había surgido de una gesta emancipadora, desafiando al mismo tiempo la lógica de alineamiento automático con las potencias dominantes e imponiendo con toda su contundencia la famosa tercera posición.

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Ese camino de acercamiento quedó brutalmente interrumpido en 1978, cuando la última dictadura civico-militar decidió cerrar la embajada en Bangladesh. No fue solo una medida de austeridad: detrás había una concepción ideológica que desarmaba los puentes tendidos por el justicialismo y subordinaba la política exterior a los intereses de las potencias occidentales. Allí donde Perón había visto la oportunidad de hermanar luchas y fortalecer un Sur global autónomo, la dictadura eligió el aislamiento y la sumisión, borrando de un plumazo el gesto de solidaridad con un pueblo recién independizado.

El Mundial de Qatar 2022 volvió a encender ese lazo dormido. En cada partido de la Selección, miles de bangladeshíes salieron a las calles con banderas argentinas, celebrando los goles de Messi como propios, en un fervor que recorrió el mundo y sorprendió incluso a los argentinos. Esa pasión popular obligó a mirar de nuevo hacia Dacca. Un nuevo gobierno peronista, que no siempre estuvo a la altura de las circunstancias históricas que atravesaba la Argentina, supo sin embargo reconocer la oportunidad política que se abría detrás de esa afinidad espontánea. Así fue como, en febrero de 2023, se reabrió la embajada en Bangladesh después de 45 años, devolviendo institucionalidad a un vínculo que había sido sostenido por el pueblo y por el fútbol, más que por la diplomacia formal.

Pero si hay un momento en que ese lazo se volvió mítico fue en 1986, con la guerra de Malvinas todavía fresca en la memoria argentina. En los cuartos de final del Mundial de México, un pibe morochito de Villa Fiorito llamado Diego Armando Maradona vengó simbólicamente a un pueblo entero. Primero con “la mano de Dios”, un gol tan insolente como doloroso para los ingleses, y luego con la obra de arte más hermosa que haya dado un Mundial: el gol de todos los goles, gambeteando rivales desde mitad de cancha hasta empujar la pelota al fondo de la red. Para la Argentina significó revancha y desahogo tras la derrota bélica; para Bangladesh, nación marcada por siglos de colonialismo británico, fue la consagración de un héroe universal, un cabecita negra que se atrevía a humillar al imperio en el terreno que más amaban. Desde entonces, Maradona quedó grabado en la memoria popular bangladeshí como un símbolo de justicia poética y resistencia.

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La reapertura de la embajada en 2023 no fue un gesto meramente simbólico. Llevó consigo una misión comercial con empresas argentinas de alimentos, semillas, yerba mate y hasta clubes deportivos, buscando ampliar un intercambio que ya supera los 700 millones de dólares anuales y que ubica a Bangladesh como uno de los principales compradores de granos y aceites argentinos. A esto se sumaron acuerdos de cooperación en materia deportiva, tecnológica y humanitaria, así como memorandos vinculados al espacio y a la gestión de desastres, áreas sensibles para un país atravesado por el cambio climático y la vulnerabilidad territorial. En este marco, la relación bilateral se convirtió en un ejemplo de cómo dos naciones geográficamente lejanas pueden reconocerse en su historia común de resistencias y, al mismo tiempo, proyectar un futuro compartido dentro de la agenda del Sur Global.

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Ese puente entre ambos pueblos también encontró nuevas expresiones en el terreno cultural y deportivo. En Buenos Aires, hinchas bangladeshíes y argentinos fundaron en 2022 el Club Deportivo Bangladesh-Argentina, un equipo amateur que ya cosechó títulos en ligas locales, demostrando que la hermandad también se juega en las canchas de barrio. Al mismo tiempo, Jamal Bhuyan, capitán de la selección de Bangladesh, firmó contrato con el club Sol de Mayo en el Federal A y, en su debut, convirtió un gol celebrado como un hito por miles de seguidores en Dacca y en Argentina. Estos gestos, pequeños en la escala institucional, son enormes en el plano simbólico: consolidan una identidad compartida y refuerzan la idea de que la diplomacia no solo se construye desde los ministerios, sino también desde el abrazo de las hinchadas y la fraternidad popular.

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Y si Maradona fue el mito fundacional, Messi terminó de sellar esa hermandad. En Qatar 2022, cada gambeta, cada gol y cada gesto suyo fue celebrado en Bangladesh como si se tratara de la propia selección nacional. En él vieron al heredero del pibe rebelde del ’86, pero también a un líder sereno, humilde y luminoso que supo guiar a su pueblo hacia la gloria. Cuando levantó la Copa del Mundo en Lusail, millones de bangladeshíes festejaron en las calles como si la independencia se hubiera conquistado de nuevo. Esa comunión a la distancia resume mejor que cualquier tratado lo que significa el vínculo entre Argentina y Bangladesh: la certeza de que la política internacional también se construye desde los afectos, desde los símbolos compartidos y desde la convicción de que la verdadera diplomacia es la que nace del corazón de los pueblos.

La historia entre Argentina y Bangladesh demuestra que la política internacional no siempre se escribe con frialdad de cancillerías ni con cálculos de balances comerciales. A veces nace de un gol, de una bandera flameando a miles de kilómetros, de un gesto de solidaridad en tiempos de adversidad. Desde el reconociendo al nuevo Estado bengalí en 1972 y luego Perón abriendo una embajada en 1974, pasando por Maradona vengando a los pueblos ultrajados por el colonialismo británico con su zurda en 1986, hasta Messi despertando un fervor masivo en 2022 que desembocó en la reapertura de la sede diplomática, el lazo entre ambos países revela que la verdadera política internacional se sostiene en la memoria, la identidad y el sentimiento popular. Hoy, cuando el mundo busca nuevas formas de cooperación en un Sur global en movimiento, Argentina y Bangladesh nos recuerdan que la diplomacia más poderosa es la que se construye con historia, con dignidad y, sobre todo, con pueblo.

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