Por: Emiliano Ojea (Presidente de la Federación del Deporte Universitario Argentino – FeDUA; integrante del Comité Ejecutivo de la Federación Internacional del Deporte Universitario (FISU); consejero del Comité Olímpico Argentino (COA) y de la Confederación Argentina de Deportes (CAD); coordinador del Observatorio del Deporte de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET); militante peronista en PxC. Ha escrito diversos artículos sobre política deportiva en Página/12 y es autor del libro Jugar en equipo.)

Durante muchos años, el deporte universitario argentino ocupó un lugar periférico tanto dentro de las universidades como del modelo deportivo nacional. Se lo entendía como una actividad complementaria, recreativa o secundaria dentro de la vida académica y no formaba parte de la estructura formal del deporte.
Hoy, esa mirada quedó completamente desactualizada. Desde la fundación de la Federación del Deporte Universitario Argentino (FeDUA) en 2012, eso cambió. El deporte universitario pasó a ser un espacio de participación activa y un actor estratégico de sentido de pertenencia y representación institucional dentro de las universidades. Además, comenzó a formar parte de la planificación deportiva del país, incorporándose como un nuevo sector dentro del Comité Olímpico Argentino.
Actualmente el deporte universitario atraviesa un cambio de época, no solamente en Argentina. En el mundo, las universidades comenzaron a ocupar un rol cada vez más importante dentro de los sistemas deportivos modernos. La Federación Internacional del Deporte Universitario (FISU) dejó hace tiempo de ser únicamente una organizadora de competencias internacionales para convertirse en un movimiento, con una estructura global de desarrollo, innovación, educación y gobernanza deportiva.
Ese cambio no es casual. Los países que más crecieron entendieron algo fundamental: el deporte ya no puede pensarse únicamente desde el rendimiento. Tampoco solamente desde la competencia. Mucho menos desde la improvisación. El deporte del siglo XXI necesita sistemas, necesita articulación, necesita sostenibilidad. Y necesita entender que detrás de cada deportista hay una persona que debe poder construir un proyecto de vida integral.
Ahí aparece una de las grandes discusiones de esta época: la Doble Carrera. La posibilidad de estudiar y competir al mismo tiempo ya no puede ser vista como un privilegio o una excepción. Empieza a convertirse en una necesidad estructural. Porque las carreras deportivas son cada vez más exigentes, más largas y más inciertas. Y porque ningún sistema deportivo serio puede sostenerse dejando a sus deportistas sin herramientas educativas y profesionales para el futuro.

La Doble Carrera no significa solamente compatibilizar horarios de estudio con entrenamientos. Significa construir un modelo donde el deportista pueda desarrollarse integralmente. Que pueda competir sin abandonar su educación. Que pueda proyectar su futuro más allá de un resultado deportivo. Y que el sistema entienda que formar personas también es parte de formar deportistas.
En ese escenario, las universidades dejan de ser únicamente espacios académicos para convertirse en actores estratégicos del desarrollo deportivo. No solamente porque ofrecen beneficios para las y los deportistas, infraestructura y competencias; sino porque pueden aportar algo mucho más profundo: estabilidad, formación, innovación, comunidad, acompañamiento humano, investigación y la posibilidad de aplicar de forma directa los avances de la ciencia en el deporte.
Argentina tiene un enorme potencial en ese camino. Durante los últimos años, el deporte universitario argentino logró construir una identidad propia. La creación de FeDUA permitió empezar a ordenar un espacio históricamente fragmentado. Porque el gran problema histórico del deporte argentino nunca fue la falta de talento. Tampoco la falta de entrenadores o de instituciones deportivas. El verdadero problema fue —y sigue siendo muchas veces— la ausencia de una articulación real entre el sistema educativo y el sistema deportivo.
Durante décadas, el deporte argentino creció de manera desordenada: la escuela por un lado, los clubes por otro, las federaciones con sus propias lógicas y las universidades prácticamente afuera del sistema deportivo. El resultado fue evidente: trayectorias cortadas, abandono deportivo, falta de continuidad y miles de jóvenes obligados a elegir entre estudiar o competir.
El desarrollo de la primera gran política pública del deporte universitario, los Juegos Universitarios Argentinos (JUAR), entre los años 2014 y 2023, permitió empezar a construir otro modelo. El país se organizó en regiones, las universidades comenzaron a integrarse en un calendario nacional y miles de estudiantes deportistas encontraron por primera vez un espacio federal de participación y representación.
Los JUAR no eran solamente una competencia. Eran una política pública que integraba a las Universidades Nacionales con las Universidades Privadas y los Institutos Terciarios. Una herramienta de inclusión, pertenencia e integración federal. Permitían que jóvenes de distintas provincias pudieran representar a sus universidades, sostener su vínculo con el deporte y proyectarse también hacia competencias internacionales.

Pero el contexto cambió. El fuerte desfinanciamiento que atraviesan hoy las universidades y el deporte argentino impactó directamente sobre ese modelo. La última edición de los JUAR se realizó en 2023 y el retiro del apoyo estatal dejó un vacío enorme.
Cuando el contexto se vuelve adverso, los sistemas se ponen a prueba. Y probablemente el mayor desafío del deporte universitario argentino hoy no sea solamente resistir la crisis, sino transformarse.
Por eso, 2026 marca el inicio de una nueva etapa. Mientras seguimos reclamando un Estado presente que garantice los JUAR y acompañe a las delegaciones que representan a la Argentina en el mundo, también comenzamos a construir nuevas herramientas para que el deporte universitario pueda seguir desarrollándose de manera federal.
Ahí aparece Superfechas.com. No como una simple plataforma tecnológica. Ni solamente como una nueva forma de organizar competencias. Sino como un cambio conceptual. Representa la idea de que el deporte universitario necesita evolucionar hacia un ecosistema más conectado, más eficiente y más sostenible.
Un sistema donde la competencia, la comunidad, la tecnología, la experiencia del estudiante deportista y la articulación institucional formen parte de una misma lógica. En un contexto donde los recursos son cada vez más limitados, la discusión ya no pasa solamente por organizar torneos. Pasa por construir sostenibilidad, por generar comunidad. Por integrar universidades, federaciones, municipios, clubes y sector privado dentro de una misma red. Por mejorar la experiencia del estudiante deportista. Por utilizar tecnología para optimizar calendarios, reducir costos y ampliar oportunidades.
Durante muchos años, gran parte del deporte universitario argentino se sostuvo principalmente con apoyo estatal. Hoy, el desafío pasa también por construir modelos capaces de sostenerse con innovación, gobernanza y articulación.
Eso no significa reemplazar al Estado ni abandonar las políticas públicas. Significa entender que los sistemas modernos necesitan capacidad de adaptación.
La experiencia internacional demuestra que los modelos más sólidos son aquellos que logran articular universidades, sector público, federaciones y sector privado dentro de estrategias comunes de desarrollo.
Y quizás ahí esté la discusión más importante del presente. Porque el deporte universitario ya no puede pensarse solamente como un torneo estudiantil. Empieza a consolidarse como una herramienta estratégica para el desarrollo humano, educativo, social y deportivo.
El verdadero desafío ya no es solamente formar campeones. Es construir un sistema que permita sostener a las personas que quieren llegar a serlo.
Porque cuando un país abandona el deporte y la educación, abandona también oportunidades, comunidad y futuro. Y justamente por eso estamos obligados a construir algo distinto, porque el futuro del deporte universitario no se espera: se construye.


