Juegos Bonaerenses 2025
Por: Ideas Argentinas (espacio del pensamiento nacional; integrado por hombres y mujeres comprometidos con la construcción de un proyecto de país; convencidos de que “no existe Nación sin ideas nacionales”; dedicado a la difusión de contenidos políticos, históricos y culturales desde una perspectiva federal y soberana; activo divulgador en redes sociales, especialmente en su cuenta de Instagram @ideasargentinas.ia, donde promueve el debate, la reflexión y la formación en torno al pensamiento nacional argentino).

Emocionarse viendo por primera vez la inmensidad del mar. Viajar en esos micros de doble piso que alguna vez se soñaron desde la vereda. Tener las cuatro comidas garantizadas, una ducha caliente, ropa nueva, una mochila llena de expectativas y el corazón abierto al encuentro.
Los Juegos Bonaerenses 2025 fueron eso: un oasis. Un respiro de dignidad en medio del desierto del ajuste, un bálsamo frente al ruido ensordecedor de quienes proclaman el “sálvese quien pueda” y celebran el desmantelamiento de lo común.
Frente a esa violencia fría —la del recorte, la desinversión y el desprecio por la comunidad— la Provincia eligió otro camino: el del encuentro, el cuidado y la organización colectiva. En esa decisión volvió a latir una vieja certeza peronista: el deporte y la cultura no son lujos, son derechos.
Desde cada rincón bonaerense —de los barrios populares, de los clubes de barrio, de los centros culturales, de las escuelas y de los polideportivos— partieron miles de jóvenes, adultos mayores y personas con discapacidad a compartir, crear, competir y encontrarse.
Para muchos fue la primera vez que vieron el mar, esa línea interminable que, cuando por fin se alcanza, ensancha el horizonte interior. No fue turismo; fue justicia social.
Durante toda la estadía hubo alimentación garantizada, infraestructura cuidada, acompañamiento docente y comunitario. Puede parecer algo simple, pero en tiempos en que se pretende naturalizar el abandono, garantizar lo básico es —literalmente— un acto de reparación.
Esa es la pedagogía silenciosa que debe hacer el Estado: cuidar lo pequeño para que ocurra lo grande. Porque el resultado no está sólo en las tablas de posiciones; está en la autoestima que sube, en las risas compartidas, en las familias que descubren que el esfuerzo cotidiano —en el club, en la escuela o en el Poli— tenía destino.
Frente a la lógica individualista que convierte todo en mercancía, acá se teje pertenencia y comunidad. Frente al agravio cotidiano, acá hay abrazo y reconocimiento.
Mientras el Gobierno Nacional insiste en mirar estos espacios como “gasto”, la Provincia demuestra que son inversión social y política. No hay ingenuidad en el desprecio por el deporte y la cultura: desfinanciarlos es desarmar comunidad, romper el tejido que protege a nuestros pibes de las violencias —la del narcomenudeo, la del mercado, la de la soledad—.
En estos tiempos es cuánto más hay que seguir promoviendo la «Comunidad Organizada»: Estado, familias, profes, clubes y juventudes jugando en la misma dirección. Cuando eso ocurre, la dignidad deja de ser consigna y se vuelve experiencia.
Que el deporte y la cultura sigan siendo nuestro bálsamo, la cancha grande donde el pueblo juega, gana y aprende a no mirar atrás con bronca, sino adelante con coraje.


