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ACÁ LOS NEGROS SOMOS NOSOTROS

La Selección, Malvinas y la nueva industria digital de la argentinofobia

Por: Nicolás Schamó (Presidente del Club Social y Deportivo Justicialista – Diplomado en Política y Gestión Deportiva UNSAM)

Lo primero es separar lo estrictamente deportivo de lo político, si es que se puede.

La Argentina perdió bien la final del Mundial. España fue superior durante buena parte del partido y es una justa campeona. Podemos discutir una decisión arbitral, lamentar una expulsión o preguntarnos qué habría ocurrido si el equipo tomaba otras decisiones. Todo eso forma parte del fútbol.

Lo que no corresponde es desmerecer el título español ni inventar explicaciones externas para una derrota deportiva.

Argentina perdió una final. España la ganó con justicia. Punto.

Pero reconocer esa verdad no nos obliga a ignorar lo que sucedió alrededor de la competencia.

Durante todo el Mundial se fue construyendo un clima crecientemente antiargentino. Primero se intentó instalar que la Selección tenía comprada la Copa, como supuestamente había comprado también el Mundial de Qatar 2022. Después aparecieron las acusaciones de racismo. Más tarde llegaron las denuncias sobre nuestra arrogancia, nuestra violencia, nuestra incapacidad para competir limpiamente o aceptar una derrota.

Los argumentos cambiaban.

El destinatario era siempre el mismo.

La Argentina.

No vamos a rendir examen

En una entrevista sobre esta campaña, el amigo del club justicialista y compañero Ramón Prades señaló algo esencial: la Argentina no debe colocarse en posición defensiva, pedir perdón ni ofrecer interminables explicaciones para demostrar que no es racista.

Hacerlo sería aceptar el marco acusatorio impuesto desde afuera. Sería sentarnos voluntariamente en el banquillo y comenzar a responder cada pregunta formulada por un tribunal que previamente decidió nuestra culpabilidad.

No escribimos estas líneas para solicitar una absolución.

Tampoco para demostrar que somos un pueblo moralmente perfecto.

No lo somos. Ninguno lo es.

La discusión es otra: si una sociedad de más de cuarenta millones de personas puede ser caracterizada como esencialmente racista por la composición circunstancial de una Selección de fútbol, por una canción de tribuna, por una discusión dentro de una cancha o por el tono de una cargada.

Nuestra respuesta es no.

No porque en la Argentina no existan prejuicios, discriminación o injusticias, sino porque el racismo no define nuestra identidad nacional ni explica por sí solo nuestra historia social.

No necesitamos pedir permiso para afirmarlo.

Civilización y barbarie, versión 2026

Prades propone una clave todavía más profunda. Detrás de muchas de las acusaciones contra la Argentina aparece una palabra que no siempre se pronuncia, pero que organiza todo el razonamiento:

Incivilizados.

La denuncia superficial puede hablar de racismo, violencia o falta de educación. En el fondo, reaparece la vieja oposición entre civilización y barbarie.

De un lado se ubican quienes se atribuyen el derecho de fijar las reglas universales de la conducta correcta. Del otro quedamos nosotros: los sudamericanos ruidosos, excesivos, indisciplinados, pasionales, incapaces de comportarnos según las normas de la supuesta civilización.

La acusación ya no se limita a una falta, un insulto o un festejo. Se extiende a nuestra manera de hablar, competir, celebrar y vivir el fútbol.

No se pretende únicamente señalar una conducta.

Se pretende educarnos.

Disciplinarnos.

Recolonizarnos culturalmente.

La mirada es profundamente paternalista: otros decidirían qué expresiones podemos usar, cómo debemos festejar, qué símbolos resultan aceptables y hasta de qué manera podemos querer a nuestro país.

Lo que no se ajusta a los códigos culturales dominantes es presentado como atraso, barbarie o racismo.

No buscan solamente corregirnos.

Buscan domesticarnos.

Una Selección no es un censo

Uno de los antecedentes más visibles de esta discusión apareció durante el Mundial de Qatar, cuando el Washington Post publicó una columna que preguntaba por qué la Argentina no tenía más jugadores negros.

La pregunta parecía inocente.

Pero llevaba incorporada una acusación.

No se preguntaba simplemente por la composición demográfica del país. Se insinuaba que la ausencia visible de determinados tonos de piel dentro de un plantel debía explicarse como consecuencia de una anomalía moral propia de la sociedad argentina.

La operación era sencilla: observar una fotografía de la Selección, aplicar categorías raciales construidas en los Estados Unidos y emitir desde allí un diagnóstico sobre toda nuestra historia nacional.

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La Argentina convocó a los futbolistas que su cuerpo técnico consideró más aptos para disputar un Mundial. No seleccionó jugadores con el propósito de representar estadísticamente a cada comunidad, ascendencia o grupo social del país.

La composición de veintiséis futbolistas no permite determinar el grado de racismo de una sociedad.

Tampoco las categorías raciales estadounidenses pueden trasladarse mecánicamente a la experiencia argentina.

Nuestra historia es diferente. Nuestras formas de pertenencia, exclusión y discriminación también lo son.

En la Argentina, la desigualdad se organizó muchas veces alrededor de la clase social, el barrio, la ropa, el trabajo, la educación recibida, la forma de hablar y la capacidad económica. Eso no elimina el racismo, pero impide explicar nuestra sociedad mediante un calco de la segregación estadounidense.

La nacionalidad argentina nunca quedó determinada por una única raza.

Argentino es quien nace acá o quien se incorpora a nuestra comunidad política, social y cultural.

Por eso solemos decir que los argentinos nacemos donde queremos.

Casos que desarman la caricatura

No necesitamos presentar un inventario para demostrar nuestra dignidad. Pero algunos casos alcanzan para derrumbar la caricatura de una Argentina naturalmente hostil a toda persona negra.

María Remedios del Valle fue una mujer negra que combatió en las guerras de la Independencia, integró el Ejército del Norte y fue reconocida como la Madre de la Patria.

Hoy comparte con Manuel Belgrano el billete de diez mil pesos.

No fue incorporada artificialmente a nuestra historia para responder a una discusión contemporánea. Fue una protagonista de la emancipación americana, injustamente relegada durante demasiado tiempo.

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También existió presencia afrodescendiente dentro de la Selección argentina.

José Manuel Ramos Delgado, hijo de un inmigrante caboverdiano y conocido por todos como el Negro, disputó los Mundiales de 1958 y 1962. Fue además capitán del equipo argentino que ganó la Copa de las Naciones de 1964 en Brasil, derrotando al seleccionado local, a Portugal y a Inglaterra.

Un futbolista negro no solamente representó a la Argentina.

Fue mundialista, campeón y capitán de la Selección.

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Estos casos no demuestran que nuestro país haya sido siempre igualitario ni que carezca de prejuicios. Demuestran algo más concreto: que la descripción de una Argentina sin presencia negra, cerrada racialmente y definida por la exclusión es históricamente falsa.

No estamos obligados a negar nuestros problemas para rechazar una caricatura.

Una palabra que no se puede traducir automáticamente

Incluso la palabra “negro”, dentro del lenguaje cotidiano argentino y rioplatense, no siempre describe el color de piel.

Puede utilizarse como un insulto clasista. Pero también puede ser un apodo afectuoso entre amigos, familiares o compañeros.

“¿Qué hacés, negro?” equivale muchas veces a decir “¿Cómo estás, amigo?”.

Una misma palabra puede resultar ofensiva o cariñosa según el contexto, el vínculo y la cultura en la que se utiliza.

Esa distancia quedó expuesta en el caso de Edinson Cavani. En 2020, cuando jugaba en el Manchester United, fue suspendido por tres partidos y multado con cien mil libras por responder “Gracias, negrito” a un amigo en Instagram. Aunque la Federación Inglesa reconoció que no había existido intención racista, aplicó la sanción por la expresión utilizada.

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El episodio no demuestra que cualquier uso de la palabra sea inocente.

Demuestra que el lenguaje rioplatense no puede interpretarse automáticamente mediante un diccionario racial anglosajón.

Comprender el contexto no es justificar la discriminación.

Es negarse a juzgar una cultura sin conocerla.

“Los negros somos nosotros”

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Existe una anécdota que permite comprender mejor esa distancia.

En 1971, durante la visita de Muhammad Ali a la Argentina, se organizó un asado en una fábrica de Lanús. Allí estuvieron José Ignacio Rucci, secretario general de la Confederación General del Trabajo; Lorenzo Miguel, dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica; trabajadores y sindicalistas.

Según los relatos conservados, Rucci le habló a Ali sobre la posibilidad de impulsar un sindicato de boxeadores.

El estadounidense respondió que algo semejante no existía en ninguna parte del mundo.

Rucci le contestó:

—El peronismo tampoco.

La respuesta expresaba una concepción profundamente argentina de la organización colectiva: si un sector de trabajadores no tiene representación, la solución no es resignarse porque en otros países tampoco existe. La solución es construirla.

Aníbal Rucci, hijo del dirigente sindical, recuperó además otra escena de aquella visita.

Mientras viajaban hacia Lanús, Ali miró por la ventanilla y preguntó dónde estaban los negros, porque no veía ninguno.

Rucci respondió:

—Los tenés al lado. Acá los negros somos nosotros.

La frase no negaba la identidad afroamericana de Ali ni desconocía la segregación racial que había padecido en los Estados Unidos.

Le estaba explicando otra experiencia social.

En la tradición del movimiento obrero y del peronismo, los negros eran también los trabajadores, los cabecitas negras, los habitantes de los suburbios, quienes llegaban desde las provincias y eran despreciados por las élites.

La principal frontera de exclusión había adoptado acá una forma social, cultural y política distinta.

Esa experiencia no entra fácilmente en las categorías raciales importadas.

Por eso, “Acá los negros somos nosotros” no es una disculpa.

Es una afirmación de identidad.

No atacan solamente una conducta

Como señala Prades, la ofensiva no se dirige únicamente contra una canción, un insulto o un festejo.

También apunta contra los símbolos que construyeron la identidad de esta Selección: el asado, la Virgen de Luján, la bandera, la amistad del plantel, la familia y nuestra manera intensa de vivir el fútbol.

Cada uno de esos elementos fue convertido en objeto de sospecha.

El asado podía ser interpretado como una exhibición de masculinidad atrasada.

La Virgen, como una manifestación religiosa impropia.

La bandera, como nacionalismo excesivo.

La amistad del plantel, como construcción propagandística.

La celebración, como arrogancia.

El problema ya no era una conducta determinada.

El problema era que la Selección expresaba una identidad reconociblemente argentina.

Un grupo de futbolistas unido, orgulloso de sus símbolos, emocionalmente comprometido con la camiseta y dispuesto a competir hasta el límite.

Eso puede resultar incómodo para quienes pretenden un deporte desprovisto de historia, conflicto e identidad.

Pero el fútbol no es una presentación corporativa.

Es pertenencia, rivalidad, memoria, pasión y representación nacional.

No todo aquello que resulta incomprensible desde afuera es una manifestación de barbarie.

El fútbol no es un seminario de sociología

Un partido de fútbol es competencia, tensión y confrontación.

Dentro de la cancha existen insultos, provocaciones, presión psicológica, faltas, discusiones y festejos destinados a incomodar al rival. Eso forma parte de una concepción intensa del juego.

Debe terminar con el silbatazo final.

El límite es claro.

La agresión física, el robo, la persecución y la violencia fuera del juego no son folklore. Son delitos o actos de violencia y deben ser condenados.

Pero tampoco puede aceptarse que cada discusión deportiva se convierta en una conclusión moral sobre toda una sociedad.

Una provocación de un futbolista no define a cuarenta y seis millones de personas.

Una canción de tribuna no constituye un estudio sociológico.

Un festejo exagerado no demuestra la inferioridad moral de una Nación.

Periodistas, académicos y creadores de contenido pueden analizar cualquier conducta concreta. Lo que no corresponde es transformar un episodio futbolístico en una sentencia colectiva contra todos los argentinos.

Cuando la conducta de una persona se utiliza para condenar a todo un pueblo, ya no estamos frente a una crítica.

Estamos frente a un prejuicio.

La campaña digital

Hablar de una campaña no exige imaginar necesariamente a un grupo de personas reunidas alrededor de una mesa, impartiendo órdenes.

Las campañas contemporáneas también funcionan de manera descentralizada.

Un creador descubre que atacar a la Argentina le genera reproducciones. Otro repite la fórmula. Los algoritmos detectan que esas publicaciones producen indignación, respuestas y enfrentamientos, y comienzan a mostrarlas a más personas.

La acusación genera rechazo.

El rechazo genera respuestas.

Las respuestas producen interacción.

Y la interacción alimenta el algoritmo.

Para las plataformas es lo mismo si una persona participa para acusar o para desmentir. Ambas conductas aumentan la circulación del contenido.

Durante el Mundial, la Argentina se convirtió en una palabra rentable.

El odio fue transformado en una mercancía digital.

Sin embargo, la multiplicación descentralizada no excluye la posibilidad de una coordinación inicial.

El ingeniero Ariel Garbarz señaló, en un análisis preliminar, indicios compatibles con una operación organizada de influencia digital: consignas casi simultáneas en distintos idiomas, frases prácticamente idénticas, instalación secuencial de etiquetas negativas y amplificación desde cuentas pequeñas hacia otras de alcance masivo.

Entre las narrativas aparecían conceptos como “Argentina hizo trampa”, “Copa manipulada”, “Argentina racista”, “Messi protegido por la FIFA”, “Provocación de Malvinas” y “Argentina colonialista”.

Esos indicios no permiten atribuir una eventual operación a un Estado, organización o servicio de inteligencia.

Tampoco constituyen una demostración definitiva.

Pero justifican investigar.

Una coordinación inicial puede instalar determinadas consignas y luego ser multiplicada por usuarios, creadores de contenido y algoritmos. Las dos explicaciones no se contradicen.

Lo que comenzó como una acusación termina produciendo una ilusión de mayoría.

El usuario recibe cientos de publicaciones semejantes y cree que el mundo entero piensa lo mismo, aunque se trate de una minoría intensamente activa y amplificada por sistemas que privilegian el conflicto.

La cantidad de veces que una mentira aparece en una pantalla no la convierte en verdad.

Inglaterra, Malvinas y el punto de inflexión

La campaña adquirió una intensidad distinta después del partido contra Inglaterra.

Luego de la semifinal, algunos futbolistas argentinos levantaron una bandera llegada desde la tribuna con la consigna:

“Las Malvinas son argentinas”.

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Desde el Reino Unido se reclamó que la FIFA investigara lo ocurrido, bajo el argumento de que se había introducido un mensaje político dentro del estadio.

Puede discutirse si la acción infringió el reglamento de la competencia.

Lo que no puede presentarse como una provocación inexplicable es su contenido.

El reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas no es una ocurrencia de un grupo de hinchas. Es una posición histórica de la República Argentina, sostenida por gobiernos de diferentes signos políticos e incorporada expresamente a nuestra Constitución Nacional.

El Reino Unido mantiene ocupadas las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, y controla los espacios marítimos correspondientes que la Argentina considera parte integrante de su territorio.

La bandera molestó porque recordó una realidad que la potencia ocupante pretende naturalizar.

Entonces reapareció la doctrina de la neutralidad:

La política debe quedar afuera del fútbol.

El problema es que esa neutralidad nunca se aplica de la misma manera.

¿Una política se puede y la otra no?

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La FIFA ya había incorporado la política al Mundial mucho antes de que apareciera la bandera argentina.

Durante el sorteo oficial de la Copa del Mundo, Gianni Infantino le entregó a Donald Trump el primer Premio FIFA de la Paz.

No fue una acción espontánea de un hincha.

No fue una bandera levantada en medio de un festejo.

Fue un acto institucional, organizado por la propia FIFA y encabezado por su máxima autoridad.

La pregunta resulta inevitable:

¿Una política se puede y la otra no?

¿Convertir al presidente de la principal potencia anfitriona en protagonista del torneo es una forma de unir al mundo, mientras reivindicar la soberanía argentina constituye una provocación inadmisible?

¿Premiar a Trump es neutralidad deportiva, pero recordar que las Malvinas son argentinas representa una intromisión política?

La FIFA tiene derecho a establecer reglas y exigir su cumplimiento.

Lo que no puede hacer es presentarse como una organización ajena a la política después de haber otorgado institucionalmente un premio de la paz a un presidente en ejercicio.

O la política queda completamente afuera del fútbol o aceptamos que el deporte, como todo fenómeno cultural, económico y social de masas, está atravesado por relaciones de poder.

Lo que no resulta aceptable es la neutralidad selectiva.

Política para premiar al poderoso.

Neutralidad para disciplinar al país periférico.

El tribunal de quienes se consideran civilizados

La pretensión de educarnos resulta todavía más irritante cuando proviene de potencias que construyeron buena parte de su poder mediante la esclavitud, la segregación y el colonialismo.

Francia edificó un enorme imperio colonial y todavía conserva vínculos económicos, monetarios y políticos de raíz colonial con distintos países de África occidental y central.

Estados Unidos mantuvo legalmente la segregación racial hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. La lucha del movimiento por los derechos civiles debió enfrentar una estructura que separaba a las personas por el color de su piel en escuelas, transportes, espacios públicos y derechos políticos.

El Reino Unido continúa ocupando las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, territorios cuya soberanía reclama la República Argentina.

No hablamos únicamente de injusticias lejanas.

Algunas de estas potencias llegan al presente con las manos manchadas de sangre, después de bombardear o atacar países soberanos que incluso compartían con ellas la misma competencia mundialista.

Señalan con el dedo mientras continúan ejerciendo la violencia militar, la dominación económica o la ocupación territorial.

Esa historia no invalida automáticamente toda crítica que pueda surgir desde esos países.

Pero sí impide que sus gobiernos, medios y élites se presenten como propietarios exclusivos de la civilización y la moralidad universal.

No se trata del argumento infantil de decir “ustedes también”.

Se trata de impugnar la existencia misma de un tribunal que juzga hacia afuera mientras se absuelve permanentemente a sí mismo.

No aceptamos que quienes construyeron imperios coloniales, sostuvieron la segregación y todavía ocupan territorios ajenos decidan unilateralmente qué pueblos son civilizados y cuáles necesitan ser educados.

La diversidad dentro de la cancha y el poder fuera de ella

Algunas potencias exhiben con orgullo selecciones integradas por futbolistas negros o descendientes de inmigrantes y utilizan esa imagen para presentarse como modelos universales de diversidad.

Muy bien.

Pero una Selección multicultural no demuestra que exista igualdad en toda la estructura social.

La pregunta no puede limitarse a cuántos futbolistas negros aparecen dentro de una cancha.

También debemos observar quiénes ocupan los principales espacios de decisión política y económica; quiénes conducen los grandes bancos, las empresas, los medios de comunicación y los directorios de las corporaciones.

El fútbol puede integrar dentro del campo de juego a quienes continúan subrepresentados en muchos de los lugares donde se toman las decisiones más importantes.

Una Selección diversa puede ser la expresión visible de una sociedad plural.

No necesariamente la prueba de una sociedad igualitaria.

Contar tonos de piel en una fotografía es sencillo.

Analizar la distribución real del poder resulta bastante más incómodo.

España no es el problema

España ganó la final y es una justa campeona.

Reconocerlo no significa adoptar una actitud condescendiente ni buscar la aceptación del vencedor.

Significa respetar una verdad deportiva.

Tampoco confundimos al pueblo español con la campaña antiargentina, del mismo modo que no confundimos a los pueblos francés, británico o estadounidense con las decisiones de sus gobiernos y estructuras de poder.

La Argentina y España comparten una historia profunda, compleja y de ida y vuelta. Miles de españoles encontraron en nuestro país trabajo, arraigo y una nueva vida. España recibió después a perseguidos políticos argentinos y a quienes emigraron tras diferentes crisis.

El fútbol expresa también ese vínculo.

Alfredo Di Stéfano transformó al Real Madrid.

Lionel Messi marcó la historia del Barcelona.

Diego Simeone construyó una época en el Atlético de Madrid.

Mario Alberto Kempes se convirtió en leyenda del Valencia.

La Gira del Arcoíris de Eva Perón, durante la cual la Argentina envió toneladas de alimentos al pueblo español; la posterior creación de la Copa Eva Duarte de Perón, antecedente de la actual Supercopa de España; y la avenida del General Perón, que llega hasta el entorno del estadio Santiago Bernabéu, son apenas algunos de los numerosos ejemplos que demuestran la profundidad histórica del vínculo entre ambos pueblos.

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No necesitamos odiar a España para defender a la Argentina.

Podemos reconocer a un justo campeón y, al mismo tiempo, rechazar cualquier intento de transformar una derrota deportiva en una condena moral contra nuestro país por parte de algunos pseudo periodistas deportivos como los del Chiringuito.

Una cosa es la cargada y otra la xenofobia

Los argentinos somos futboleros.

Entendemos la cargada, la practicamos cuando ganamos y sabemos aceptarla cuando perdemos.

Después de Qatar 2022 nos burlamos de nuestros rivales. Durante este Mundial volvimos a hacerlo cada vez que ganamos. Por eso podemos aceptar la respuesta, la ironía y la humorada de quienes nos vencieron.

Lo que no corresponde es que la cargada se transforme en una sucesión de falsedades contra todo un pueblo.

Una cosa es recordarnos una derrota deportiva.

Otra es describir a todos los argentinos como tramposos, racistas, arrogantes o violentos.

Cuando el chiste abandona la cancha, generaliza sobre una nacionalidad y comienza a justificar insultos o agresiones, deja de ser una cargada.

Se convierte en xenofobia, aunque pretenda disfrazarse de progresismo.

Combatir el racismo no puede consistir en reemplazar un prejuicio por otro.

Denunciar una conducta discriminatoria no habilita a discriminar a todos los argentinos por su nacionalidad.

La discriminación no deja de ser discriminación porque se dirija contra un pueblo que despierta poca simpatía en las redes sociales.

El orgullo que no consiguen domesticar

También se nos acusa permanentemente de agrandados o soberbios.

Tal vez lo que muchos no comprenden es la argentinidad.

No creemos ser superiores a los demás.

Somos profundamente orgullosos de ser argentinos.

Ese orgullo nace del amor por nuestra patria, por su gente, su historia, su cultura y sus símbolos nacionales.

En otros países, determinados sectores políticos y culturales han aprendido a avergonzarse de lo propio, a despreciar su identidad o a considerar que todo lo valioso proviene de las potencias del norte.

La Argentina, con todas sus contradicciones, conserva una resistencia profunda frente a esa domesticación cultural.

El argentino puede exagerar, equivocarse y hasta resultar insoportable.

Pero difícilmente acepte que le enseñen a odiar su bandera o a pedir disculpas por amar a su país.

Tal vez eso sea lo que más molesta.

Que seguimos defendiendo nuestra identidad sin pedir permiso.

España ganó la final y es una justa campeona. Podemos reconocerlo, felicitarla y aceptar las cargadas de nuestros vencedores.

Lo que no vamos a aceptar es que una derrota deportiva nos siente en el pupitre de quienes pretenden civilizarnos mientras conservan mecanismos coloniales, atacan países soberanos y mantienen ocupado territorio argentino.

No necesitamos demostrar que somos un pueblo perfecto.

Tampoco necesitamos que nos absuelvan.

Discutiremos nuestros prejuicios, nuestras injusticias y nuestras contradicciones desde nuestra propia historia.

Lo que no aceptaremos es que una fotografía de la Selección, una canción o una provocación deportiva sean utilizadas para describirnos como una sociedad esencialmente racista, bárbara o incivilizada.

No pedimos indulgencia.

No buscamos aceptación.

No necesitamos permiso para ser argentinos.

Una cosa es perder una final.

Otra muy distinta es aceptar lecciones de moralidad de quienes todavía confunden poder con autoridad moral.

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