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Los Juegos Evita

LA HISTORIA DE UNA PASIÓN DEPORTIVA Y SOLIDARIA

Por:  Guillermo Blanco (ex integrante del staff de El Gráfico, Télam, Crónica; Sport, Don Balón – España, ex codirector Deportea, Jefe Prensa de Diego Armando Maradona y de la Secretaría de Deporte de la Nación además cubrió siete Copas del Mundo y fue autor y coautor de libros clave sobre fútbol y deporte argentino)

“¡Qué vamos a anotarnos si ni camisetas tenemos!” —exclama escéptico uno de los pibes reunidos en la pieza humilde del conventillo.
“Pero si Evita nos da todo… Camisetas, pantaloncitos, zapatillas… ¡Y hasta jugaremos en los grandes estadios!” —trata de convencerlo el recién llegado con la información fresca.

Y en los hogares, los padres estarán pensando que sus hijos podrán acceder a una revisación médica, algo impensado a nivel masivo. Los nuevos tiempos llegan con atrapantes publicidades y propagandas oficialistas que plantean modificaciones en la vida cotidiana: basta ya de que el césped de las plazas sea patrimonio de una estética insulsa mientras los chicos juegan a la pelota en las calles con los riesgos que eso implica. Así, en los noticieros cinematográficos, una escena tétrica muestra a un auto que no atina a frenar y un pibe queda bajo sus ruedas. También se ve a un policía que corre a bandadas de chiquilines porque los vecinos se quejan ante otro vidrio roto. Pero no alcanza con la recomendación oficial para que la autoridad los trate mejor.

La política mayor agrega a su agenda la manera de incluir, y cuando esta idea se topa con la necesidad de integrarla a la salud, se modela y crece. La Primera Dama llama al ministro de Hacienda, Ramón Cereijo, preocupada por el precio de las entradas a los partidos de fútbol profesional, que priva a muchos chicos de concurrir a los estadios. “No me gusta que se trepen a los alambrados para colarse”, le comenta.
Ahí no solo no termina el tema, sino que esa anécdota se transforma en un gran impulso para la ejecución de una de las decisiones políticas de mayor consenso que haya tenido el régimen. El periodista y relator de fútbol Eduardo “Lalo” Pellicciari, ícono de entonces, le alcanza a Evita una idea madurada con Emilio Rubio, jefe de Deportes del vespertino Noticias Gráficas: la concreción de un gran movimiento deportivo infantil a nivel nacional —en principio futbolístico— con grandes clubes cediendo sus estadios.

La idea prende rápido y llega a oídos del médico infectólogo santiagueño Ramón Carrillo —secretario de Salud desde 1946, y desde 1949 primer ministro de Salud de la Argentina—, que vislumbra una forma práctica para lograr una merma importante en las necesidades sanitarias de la población, una obsesión del facultativo de 43 años, nacido el 7 de marzo de 1906. Su tarea tendrá en el deporte social a un aliado ideal. La Constitución de 1853 impide crear un nuevo ministerio y hay que esperar hasta la reforma del 49 para que Carrillo —amigo y comprovinciano del ilustre compositor añatuyense Homero Manzi— pueda conducir el área. Comienzan a atacarse con más fuerza deficiencias sanitarias históricas y pronto disminuyen la sífilis y la blenorragia.

El flamante ministro tiene la grandeza de convocar a colegas de diversos signos políticos, como a Carlos Ferrer Moratel (padre de Carlos “Calica” Ferrer, gran amigo de Ernesto “Che” Guevara) para dirigir el Hospital Militar porteño, cargo que este médico no acepta por no poder trasladarse desde su residencia cordobesa debido a la enfermedad de su esposa. El fatídico golpe del 55 empuja a Carrillo al exilio en Belén, pueblo del norte brasileño donde, un año después, pobre y deprimido, lo encontrará la muerte.

Eva Perón motoriza la formación de una comisión con Pellicciari y Rubio, a la que se le agrega Américo Barrios (su verdadero nombre era Luis María Albamonte), periodista también afín y de gran popularidad por su sección periódica “¿No le parece?”, el presidente de Racing, Carlos Paillol (muy ligado a Cereijo), y el reconocido árbitro de fútbol Bartolomé Macías. Todo cierra dentro de ese 1948 en el que irrumpe la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, por decreto 20.564/48 del 19 de junio y personería jurídica desde el 8 de julio, con sede inicial en la actual Facultad de Ingeniería, Paseo Colón 850.

Ese año se realiza un torneo de fútbol restringido a participantes de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, que lleva el mismo nombre de la Fundación de Ayuda Social, es decir “María Eva Duarte de Perón”. Es la semilla de lo que en 1949 serán los Juegos Nacionales Evita, en los que participarán futuros cracks. Amplios sectores de un profundo antiperonismo no pueden socavar este naciente fenómeno popular que se instala en el corazón del pueblo. Y si se lo llega a criticar —como ocurre hasta en el Parlamento— es por desacuerdos de sectores opositores por el modo en que se manejan los fondos asignados desde el Estado, mediante subsidios y otras formas de recaudación, como donaciones y contribuciones gremiales. Pero la pelota ya empezó a correr…

En esos días de la historia, Eva Duarte de Perón comienza a ser llamada Evita. Y ella lo deja registrado en su libro La razón de mi vida: “Cuando elegí ser ‘Evita’ sé que elegí el camino de mi pueblo. Ahora, a cuatro años de aquella elección, me resulta fácil demostrar que efectivamente fue así. Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como ‘Evita’. Yo me les presenté así, por otra parte, el día que salí al encuentro de los humildes de mi tierra diciéndoles que prefería ser ‘Evita’ a ser la esposa del Presidente si ese ‘Evita’ servía para mitigar algún dolor o enjugar una lágrima. Y, cosa rara, si los hombres de gobierno, los dirigentes, los políticos, los embajadores, los que me llaman ‘Señora’ me llamasen ‘Evita’ me resultaría tal vez tan raro y fuera de lugar como que un ‘pibe’, un obrero o una persona humilde del pueblo me llamase ‘Señora’. Pero creo que aún más raro e ineficaz habría de parecerles a ellos mismos”.

El fenómeno del peronismo es imposible de contener. Y los Juegos Evita forman parte de esa muralla donde chocan los sectores opositores ante la aceptación popular. Revisaciones médicas y odontológicas para jugar, aceitada organización para inscripciones y distribución de equipos de fútbol y materiales, inserción de multitudes de chicos en ese incipiente tejido deportivo, el alejamiento de las calles, la regularización de documentos en un país acostumbrado al fraude electoral desde la cercana década infame, entre otros hechos positivos, superan esa imponente estructura propagandística que a algunos les impide valorar un hecho de tamaña incidencia masiva.

El gobierno intenta por otros medios lograr la inserción social a través de los llamados “clubes escolares”, impulsados por el ministro de Educación Oscar Ivanissevich, quien en los 70, y con el mismo cargo, sería un referente del ala de la derecha más ortodoxa del movimiento, previo al golpe militar del 76. Pero son los propios gremios docentes los que rechazan aquella idea del esparcimiento social en las escuelas tal como se la proponía desde el oficialismo, en parte por ideología y en parte al no acordar compensaciones económicas por la extensión en la tarea cotidiana.

La idea no prospera porque resulta imposible modificar la vida de instituciones deportivas ya instaladas, y los clubes son desechados en 1950 por el ministro Armando Méndez de San Martín, según explica el investigador Mariano Plotkin en su rica obra Mañana es San Perón. Este tema, que no es una anécdota menor, permite deducir que, aun teniendo el poder a disposición, no todo se puede hacer. El fracaso de los clubes escolares no hace más que potenciar los Juegos Evita en su intento de lograr una movilización infantil y juvenil a través del deporte.

La Fundación simplifica su nombre, y el 25 de septiembre de 1950 pasa a llamarse Eva Perón. Queda escrito que ella misma dona 10.000 pesos —según consta en la Memoria y Balance de 1952—. La sede se traslada al Ministerio de Trabajo y Previsión y cuenta con el aval del ministro Ramón Cereijo, quien abre una cuenta del Banco Central denominada Ministerio de Hacienda—Obras de Ayuda Social. El respetadísimo doctor Ricardo Finochetto apuntala los programas hospitalarios que, a fuerza de voluntad, sapiencia y vocación samaritana, alienta Ramón Carrillo. Del tema financiero se ocupa Méndez San Martín. Y el sacerdote católico Hernán Benítez da lo suyo como colaborador espiritual. Los mayores aportes económicos de la Fundación provienen de casinos, sindicatos, empresarios cercanos por convicción y/o conveniencias licitatorias, loterías y otros.

Ocurre que algunos pedidos de partidas para estas actividades de ayuda social suelen tener trabas —en especial de sectores radicales—. Pero al fallecer Evita, Perón reorganizará la Fundación con Cereijo, Atilio Rienzi (hombre leal a la causa y cercano al club Ferrocarril Oeste) y una decena de funcionarios más. A modo de ejemplo digamos que el policlínico Evita, en Lanús (donde el 30 de octubre de 1960 nacerá Diego Maradona), en un año atiende 256.044 pacientes en consultorios externos, se realizan 30.070 radiografías, 54.391 atenciones en odontología, 155.683 análisis clínicos y 1.136.621 recetas.
Será en ese centro hospitalario donde en 1951 se realicen por primera vez las residencias médicas, impulsadas por el jefe de cirugía, doctor Augusto Moreno, quien había sido traído desde Estados Unidos por Ricardo Finochetto (cuyo hermano Enrique, también eminente médico, había fallecido el 13 de marzo de 1948).

“El campeonato de 1951 arrojó como saldo más de 200.000 radiografías, un aporte sin duda importante para la históricamente descuidada salud de la población infantil y adolescente de la Argentina”, se lee en Fútbol: pasión de multitudes y de élites, de Ariel Scher y Héctor Palomino. Allí también se cuenta que, “elogiados por sus defensores, tachados de demagógicos por sus detractores, los Campeonatos Evita constituyeron un hecho relevante, difícil de equiparar, por su masividad, con otros sucesos en la historia del fútbol y del deporte argentino”.

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*El texto es un fragmento del libro homónimo, reproducido por gentileza y autorización de Guillermo Blanco

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