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El fútbol popular, resistencia a la hegemonía de la FIFA.

Por: Revista Contracorriente (medio digital colombiano de opinión y análisis crítico; integrado por comunicadores y comunicadoras comprometidos con la intervención política desde el periodismo; convencido de que pensar críticamente es una forma de lucha; dedicado a la producción y difusión de contenidos políticos, sociales, culturales y de género, con especial atención a la realidad de Colombia y de América Latina en su conjunto, desde una perspectiva militante; activo en la construcción de comunidad y debate público, con fuerte presencia en redes sociales, especialmente en su cuenta de Instagram @revista_contracorriente, donde impulsa la reflexión, la discusión colectiva y el pensamiento emancipador).

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La estructura urbana de los barrios populares de América Latina comparte un rasgo común: la cancha de fútbol —o de microfútbol, tan habitual en Colombia—. Estos barrios, en su mayoría producto de procesos de autogestión y trabajo cooperativo, encontraron en la cancha un espacio vital de vida pública: allí la gente se reúne, se encuentra, celebra y, por supuesto, donde la pelota corre. El fútbol adquiere así un sentido social amplio que desborda la lógica del mercadeo de las grandes ligas, el profesionalismo impuesto por la FIFA y la obligatoriedad del pago de la boleta. El fútbol popular supera todos esos límites.

El fútbol popular tiene esa magia: comunión, solidaridad, encuentro y cooperación. No es casualidad que los sectores contrahegemónicos hayan apostado de manera sostenida por este horizonte, creando y fortaleciendo clubes populares que recogen los principios de los barrios y de los sectores subalternos. En Bogotá, por ejemplo, hace cerca de diez años se conformó la Liga de Fútbol Popular, que articula diversos procesos de base con presencia en la capital y cuyas acciones también han tenido un impacto significativo en municipios como Soacha y Tunja.

Una situación similar se presenta en el sur del continente. En Argentina, país marcado profundamente por la pasión futbolera, también destacan apuestas organizativas construidas alrededor de la pelota. El caso del Club Social y Deportivo Justicialista es particularmente ilustrativo: su objetivo, según su misionalidad, es recuperar el rol histórico de los clubes de barrio, superar la fragmentación social y el avance del individualismo, y apostar por la comunidad organizada como herramienta de transformación, participación y resistencia.

Lo anterior no implica, de ninguna manera, renunciar a la pasión de ir a la tribuna y alentar. Por el contrario, invita a pensar las hinchadas como agentes políticos: organizaciones con conciencia de clase que hacen de la tribuna un espacio de resistencia. Son ya conocidos numerosos ejemplos de barras antifascistas, feministas y populares que, en medio de la fiesta futbolera, denuncian el genocidio en Palestina o cuestionan la mercantilización de sus clubes.

Mientras la FIFA le lava la cara a Trump y a Netanyahu, desde los sectores populares se libra una disputa por rescatar una forma transformadora de vivir la pasión futbolera. El fútbol también es un campo de lucha, y apuestas como las aquí mencionadas resultan fundamentales para disputar ese terreno.

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