El 24 de marzo de 2026 se cumplen 50 años del golpe cívico-militar de 1976, el inicio del genocidio perpetrado por la dictadura cívico-militar que marcó uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. Aquella dictadura no solo persiguió militantes políticos, sindicales y estudiantiles. También buscó disciplinar todos los espacios donde se organizaba la sociedad. Entre ellos, el deporte.
Los clubes, las ligas barriales, las federaciones y las comunidades deportivas formaban parte de ese entramado social donde miles de argentinos se encontraban, se organizaban y construían comunidad. Por eso también fueron objeto de vigilancia, control y, en muchos casos, persecución.
Durante esos años, miles de argentinos y argentinas fueron perseguidos, secuestrados y desaparecidos. El terrorismo de Estado dejó 30.000 compañeros y compañeras desaparecidas. Entre ellos hubo deportistas, entrenadores, profesores de educación física y dirigentes de clubes.
Entre las víctimas hubo futbolistas, rugbiers, atletas, docentes y entrenadores como Miguel Benancio Sánchez, Daniel Schapira, Jorge Moura, Santiago Sánchez Viamonte, entre muchos otros que fueron secuestrados por el simple hecho de militar, organizarse y soñar con un país más justo.
Uno de los casos más emblemáticos es el del rugby argentino, el deporte que registra la mayor cantidad de deportistas desaparecidos durante la dictadura. El ejemplo más conocido es el de La Plata Rugby Club, donde al menos 17 jugadores, ex jugadores y personas vinculadas al club fueron secuestrados y desaparecidos por el terrorismo de Estado.

El caso de Miguel Benancio Sánchez, atleta y poeta desaparecido en 1978, se convirtió con el tiempo en uno de los símbolos más fuertes de la memoria en el deporte argentino. Su historia recuerda que detrás de cada deportista hay una persona con ideas, convicciones y una comunidad que lo sostiene.

Pero la dictadura no solo persiguió personas.
También avanzó sobre territorios.
Durante esos años varios clubes fueron desplazados de sus lugares históricos en nombre de supuestas reformas urbanas o proyectos de infraestructura. El deporte popular fue una de las víctimas silenciosas de ese modelo de ciudad.
Entre los casos más recordados están:
- San Lorenzo de Almagro, cuyo estadio en Avenida La Plata fue demolido en 1979 tras presiones del gobierno de facto encabezado en la ciudad por Osvaldo Cacciatore.
- Club Atlético Fénix, expulsado en 1978 de su sede original en Ciudadela y obligado durante años a peregrinar por distintas canchas.
- Deportivo Riestra, que perdió su predio como consecuencia del plan de autopistas impulsado por la dictadura.
- JJ de Urquiza, cuyo predio fue expropiado en marzo de 1976 con la promesa de un centro cívico que nunca llegó a construirse.
Estas políticas no fueron hechos aislados. Formaron parte de una reorganización más amplia del espacio urbano impulsada por la dictadura. En la Ciudad de Buenos Aires, las llamadas “topadoras de Cacciatore” arrasaron barrios populares y villas enteras en los años previos al Mundial de 1978. Más de 200.000 personas fueron expulsadas de la ciudad durante esos años para “limpiar” la imagen urbana que el régimen quería mostrar al mundo.
El deporte, en ese contexto, también fue utilizado como herramienta política.
La Argentina había sido designada sede del Mundial de Fútbol de 1978 muchos años antes del golpe, pero fue la dictadura quien terminó organizándolo. Para ello se creó el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78), encargado de administrar las obras de infraestructura, la logística del torneo y la estrategia de imagen internacional del país.
El Mundial se convirtió en una pieza central del intento de legitimación del régimen. Las inversiones en estadios, autopistas, infraestructura televisiva y obras urbanas alcanzaron cifras millonarias y superaron ampliamente los montos inicialmente previstos.

Sin embargo, incluso algunos símbolos del propio Mundial reflejaban tensiones políticas de la época.
El logo oficial del Mundial Argentina 1978, diseñado en 1972 por el reconocido diseñador argentino Ronald Shakespeare y presentado oficialmente en 1974, había sido creado en un contexto político muy distinto al que finalmente organizaría el torneo.
El emblema muestra dos brazos levantando una pelota de fútbol, una imagen que muchos interpretan como una referencia visual al gesto característico de Juan Domingo Perón saludando con los brazos en alto frente al pueblo.
Tras el golpe de Estado de 1976, la dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla intentó modificar el emblema del Mundial para eliminar cualquier posible asociación simbólica con el peronismo. Sin embargo, la FIFA se opuso al cambio, ya que el logo ya había sido presentado oficialmente ante el mundo durante la final del Mundial de Alemania 1974 y formaba parte de la identidad gráfica del torneo.
De esta manera, uno de los símbolos visuales más reconocibles del Mundial 78 mantuvo una imagen que, para muchos, remitía al gesto político de Perón incluso durante los años del genocidio perpetrado por la dictadura.
Pero el intento de mostrar al mundo una Argentina ordenada y exitosa convivía con una realidad muy distinta.
A menos de dos kilómetros del estadio Monumental —donde Argentina ganó la final del Mundial— funcionaba uno de los centros clandestinos de detención más emblemáticos del país: la ESMA. Por allí pasaron alrededor de 5000 personas secuestradas, la mayoría aún desaparecidas.
Mientras el país celebraba goles, otros gritos —los de los detenidos y torturados— quedaban ocultos detrás de los muros de los centros clandestinos.
Incluso dentro de la ESMA, algunos secuestrados fueron obligados a participar de la maquinaria propagandística del régimen. En un sector conocido como “La Pecera”, detenidos-desaparecidos eran forzados a producir informes y materiales destinados a periodistas extranjeros que llegaban a cubrir el Mundial.
La dictadura buscaba instalar la idea de que en Argentina reinaba la normalidad. El lema repetido por los medios oficiales era que “los argentinos somos derechos y humanos”, mientras el aparato represivo continuaba funcionando.
En ese contexto, el deporte también se convirtió en una herramienta de construcción de consenso.
Gran parte del periodismo deportivo acompañó esa narrativa. Revistas influyentes como El Gráfico llegaron incluso a difundir entrevistas apócrifas a jugadores nacionales e internacionales que supuestamente respaldaban a la dictadura militar, como la atribuida al crack holandés Rudolf Krol, a quien le hacían afirmar, entre otras barbaridades, que en Argentina los fusiles lanzaban flores. Al mismo tiempo, presentaban a la selección nacional como un símbolo de unidad que debía preservarse de cualquier conflicto o debate.

Las tapas dedicadas al seleccionado se multiplicaron y el Mundial fue presentado como una oportunidad para que todos los argentinos se unieran detrás de la camiseta nacional.
En ese contexto, el campeonato también se convirtió en un escenario de disputa política. Mientras la dictadura intentaba utilizar el torneo como una gran vidriera internacional para mostrar una imagen de orden y normalidad, distintos sectores de la oposición buscaban denunciar ante el mundo los crímenes del régimen. Algunas organizaciones de la resistencia planteaban aprovechar la presencia de periodistas y delegaciones extranjeras para visibilizar la represión y romper el cerco informativo impuesto por la dictadura. En ese marco circuló la consigna “Argentina campeón, Videla al paredón”, que expresaba una tensión muy presente en aquellos meses: el deseo popular de que la selección ganara el Mundial y, al mismo tiempo, el rechazo a la dictadura que gobernaba el país.

Sin embargo, esa narrativa oficial convivía con otra realidad.
Desde el exterior, exiliados argentinos y organismos de derechos humanos impulsaron campañas internacionales denunciando las violaciones a los derechos humanos y promoviendo el boicot al Mundial.
Las Madres de Plaza de Mayo, por ejemplo, comenzaron a ser entrevistadas por periodistas extranjeros durante el torneo, pidiendo ayuda para encontrar a sus hijos desaparecidos.

Incluso dentro del país, en medio de la censura y el miedo, hubo pequeños gestos de resistencia.
La sobreviviente de la ESMA Graciela Daleo recordó que la noche en que Argentina salió campeón del mundo sus captores la sacaron a celebrar. En el baño de un restaurante, con un lápiz labial, escribió en el espejo un mensaje que resumía lo que muchos no podían decir en voz alta:
“Massera asesino”.
El deporte, incluso en medio de la oscuridad del genocidio, siguió siendo un espacio atravesado por la política, la memoria y la vida social.
Años después, el histórico voleibolista Waldo Kantor recordó otro momento significativo. Durante el Mundial de vóley de 1982 en el Luna Park, miles de personas comenzaron a cantar en las tribunas contra la dictadura.
El grito era claro:
“El que no salta es militar.”
“Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar.”
Para muchos deportistas fue la primera vez que el rechazo social al régimen se escuchó de manera abierta en un evento deportivo.
Hoy, a 50 años del golpe, los clubes siguen siendo espacios donde la sociedad se organiza, se encuentra y construye comunidad.
Los clubes de barrio, las ligas amateur y los proyectos deportivos comunitarios continúan sosteniendo valores que van mucho más allá de la competencia: la solidaridad, la participación y la identidad colectiva.
Desde el Club Social y Deportivo Justicialista creemos que recordar también es una forma de defender el deporte como derecho y como espacio de encuentro.
Nuestra propia historia como club —nacido en pandemia, organizado colectivamente y construido en canchas de alquiler— demuestra que los clubes siguen siendo una de las formas más fuertes de comunidad organizada.
Porque cuando existe un club, existe también un barrio que se encuentra.
Por eso, a 50 años del golpe cívico-militar, reafirmamos una convicción simple pero profunda:
Memoria, verdad y justicia también son valores del deporte.
Porque los clubes no son solo lugares donde se juega.
Son lugares donde se construye sociedad.
Y por eso, hoy y siempre, seguimos diciendo:
Nunca Más.

