Por: Joaquín Ribera (Secretario de Relaciones Internacionales del Partido Justicialista — Ciudad de Buenos Aires; Director del Consejo Latinoamericano de Sinólogos del Centro Mundial de Sinología; Presidente de la Asociación IBRICS; militante en La Simón; integrante y colaborador del Centro de Estudios Soberanía; dedicado al análisis de política exterior argentina, procesos de multipolaridad y cooperación Sur-Sur; participa en seminarios, debates y producciones audiovisuales sobre BRICS, vínculos con China y Rusia y estrategias alternativas de inserción internacional; activo en redes: Instagram @joacoribera7; enlaces y contacto en https://linktr.ee/joacoribera).

El fútbol como política de Estado
Desde que Xi Jinping declaró su amor por el fútbol, China lo convirtió en prioridad nacional. El resultado: una liga que vivió su propio boom inmobiliario, una selección que no va a un Mundial desde 2002 y una estrategia que ahora mira hacia Argentina y Brasil. Geopolítica con botines.
I. De la reforma económica al sueño mundialista
Hay una imagen que resume mejor que cualquier estadística lo que China quiso hacer con el fútbol: en 2012, el presidente Xi Jinping pisó el pasto del estadio del Seongnam FC durante una visita de Estado a Corea del Sur, pateó una pelota y sonrió para las cámaras. No era protocolo vacío. Era una declaración de intenciones.
Cuando Deng Xiaoping abrió la economía china en 1978, el fútbol no estaba en el guión. El sistema deportivo heredado del modelo soviético priorizaba disciplinas olímpicas medibles, donde la medalla era el único indicador que importaba. El fútbol (desordenado, colectivo, impredecible) no encajaba bien en esa lógica.
La transformación llegó en los noventa, de la mano de la mercantilización parcial del deporte. En 1994 nació la primera liga profesional y en 2004 se fundó la Chinese Super League (CSL), pensada ya como producto televisivo y comercial. Pero el proyecto encontró rápido su primer gran obstáculo: la corrupción. Entre 2009 y 2012, investigaciones judiciales llevaron a prisión a dirigentes y árbitros por arreglos sistemáticos. La credibilidad del campeonato estaba destruida antes de haber terminado de construirse.

El giro de Xi
La llegada de Xi Jinping al poder en 2012 cambió el registro completamente. El fútbol dejó de ser un problema de gestión deportiva para convertirse en política de Estado. En 2015, el Consejo de Estado publicó el Plan General para la Reforma y el Desarrollo del Fútbol Chino, con metas que en cualquier otro país habrían sonado a delirio: 50.000 escuelas especializadas en fútbol para 2025, 30 millones de estudiantes practicando regularmente, una industria deportiva superior a 800.000 millones de dólares. Y al final de la lista, casi como quien no quiere la cosa, la aspiración de organizar y ganar una Copa del Mundo hacia 2050.
Era una hoja de ruta, pero también era un mensaje político: China no quería comprar el fútbol mundial, quería producirlo.
La burbuja que brilló
Entre 2014 y 2019, los clubes chinos se convirtieron en los compradores más agresivos del mercado internacional de contrataciones. En 2017 gastaron más de 450 millones de dólares en incorporaciones, según datos de FIFA TMS. El nombre que mejor resumió esa era fue el Guangzhou Evergrande: financiado por el gigante inmobiliario del mismo nombre, el club ganó dos Ligas de Campeones de Asia, contrató a figuras como Paulinho y construyó una academia con capacidad para más de 2.500 jugadores. Era el escaparate perfecto del modelo.
En 2016, el valor estimado de la CSL superaba los 3.000 millones de dólares. Los contratos televisivos nacionales rozaban los 1.250 millones por cinco años. Parecía que China había encontrado el atajo: comprar talento global mientras la cantera crecía.
El problema era que todo ese edificio descansaba sobre deuda inmobiliaria.
Cuando la burbuja estalló
En 2021, el colapso de Evergrande (con pasivos superiores a 300.000 millones de dólares) no fue solo una crisis financiera. Fue el derrumbe físico del modelo. El Guangzhou FC, antes Evergrande, no pudo pagar salarios, perdió jugadores y descendió. Varios clubes de la liga desaparecieron directamente. Los topes salariales impuestos por el gobierno vaciaron el mercado. La política de cero COVID paralizó estadios durante meses. La concurrencia colapsó.
El fútbol chino pasó, en apenas tres años, de ser símbolo de la nueva riqueza a ser el mejor ejemplo de los límites del crecimiento apalancado. Una metáfora demasiado perfecta del modelo económico que lo había parido.

II. La pelota como herramienta diplomática
El fútbol nunca fue solo un asunto interno. Desde el principio, China lo integró a su estrategia de proyección global, especialmente en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Entre 2015 y 2018, empresas chinas adquirieron participaciones en clubes europeos, incluyendo el AC Milan. Muchas de esas inversiones se deshicieron después por restricciones de capital, pero dejaron una marca: la presencia china en los despachos del fútbol europeo era real.
En África, el patrón fue diferente y más duradero. China financió estadios en Etiopía, Zambia y Camerún, estructuras que fortalecieron vínculos diplomáticos donde ya operaban empresas constructoras y mineras. La pelota llegaba después que el acero, pero llegaba. Las academias deportivas y los programas de formación completaban el paquete de cooperación Sur-Sur.
Sin embargo, el soft power deportivo tiene una exigencia cruel: necesita resultados en la cancha. Y ahí China choca con su mayor contradicción. La selección masculina no participa en un Mundial desde 2002. Toda la inversión, todo el discurso, toda la planificación estatal, y el equipo nacional sigue siendo un equipo mediocre. Esa brecha entre ambición política y rendimiento real es el límite más difícil de resolver con cheques.
III. América Latina, Argentina y los escenarios hacia 2035
América Latina no es un capítulo menor en esta historia. Es, potencialmente, uno de sus personajes principales.
La región tiene lo que China necesita: tradición futbolística, metodología de formación consolidada y una industria exportadora de talento sin paralelo. China tiene lo que América Latina busca: un mercado enorme, capacidad de inversión en infraestructura y derechos televisivos que podrían representar ingresos significativos para clubes y federaciones.
Brasil ya ha sido socio en materia de intercambios técnicos. Argentina aparece como el siguiente paso natural, y no solo por razones futbolísticas. El comercio bilateral supera los 20.000 millones de dólares anuales. La cooperación en energía, infraestructura y finanzas tiene años de recorrido. Sumar el fútbol a esa agenda no es una ocurrencia: es una extensión lógica de una relación que ya existe.
Un programa de intercambio entre academias argentinas y chinas, partidos amistosos de clubes en China o la formación conjunta de técnicos tendrían un valor simbólico que va más allá del deporte. Serían instrumentos de diplomacia cultural en una relación que necesita dimensiones nuevas.
Tres escenarios posibles
Mirando hacia 2035, el fútbol chino puede tomar tres caminos distintos. El primero (y más probable) es una consolidación prudente: menos inversión espectacular, más énfasis en formación juvenil y sostenibilidad económica. Un modelo menos vistoso, pero más sólido. El segundo es el estancamiento estructural: una liga estable, pero sin capacidad de competir globalmente, atrapada entre la burocracia estatal y la falta de cultura futbolística de base. El tercero es una reaceleración estratégica, una nueva ola de inversión articulada con la expansión cultural global de China, si la economía lo permite y la política lo decide.
El primero es el más realista. También es el que mejor le sirve al proyecto de largo plazo.
El fútbol chino es una metáfora del propio modelo de desarrollo del país: ambicioso hasta la desmesura, planificado con precisión técnica y, al mismo tiempo, vulnerable a las burbujas que él mismo genera.
Desde las reformas de Deng hasta la visión de Xi, el fútbol pasó de disciplina marginal a instrumento de política nacional e internacional. El auge de la CSL mostró la capacidad de movilización de capital que tiene el Estado chino cuando se propone algo. La crisis mostró que esa capacidad tiene un techo, y que ese techo se llama deuda.
Hacia 2035, el éxito no dependerá de cuánto se gaste en contrataciones sino de qué tan profunda sea la cultura futbolística que China logre construir desde abajo. En ese proceso, América Latina (y Argentina en particular) tienen algo genuino para ofrecer.
China puso plata, puso estructura y puso voluntad política. Pero como le dijo alguna vez un riojano exitoso al ex presidente del club de la Ribera, «No alcanza con tener plata, hay que jugar bien al fútbol.»

¿Podrán?

